—¿No necesita echarle un vistazo al manual de instrucciones? —insinúa Rebecca, mientras recoge el rabo de Arsène con ambas manos como si tirara de la cuerda de un bote amarrado— ¿o quizás necesita algo de ayuda para encontrar dónde encajar la pieza?
El primer pollazo desplaza la fotocopiadora anclada al suelo medio metro (200 € en piezas de repuesto), con Lomaine sentada encima. La segunda embestida desajusta los rodillos de la bandeja de papel A & B (300 € de avería más 150 € de desplazamiento) y, con la tercera, los testículos de Putain, duros como la dentadura de Abraham Lincoln, hunden la botonera (250 €) y activan la opción de copiar y guardar en USB.
Entre el primer y el segundo orgasmo de la secretaria, la multicopiadora escupe otras 150 copias del trasero en forma de corazón invertido de Lomaine, y alcanza las 500 copias cuando Arsène, amarrado a un muslo de la rubia, levanta el jersey de Lomaine con la otra mano.

El inspector frota lentamente el clítoris de la despeinada muchacha con sus duros y depilados testículos mientras su falo se balancea arriba y abajo como una caña de pescar, tirando de su presa. A punto de eyacular, recoge el jersey de Rebecca para taparse el enorme pene, que de vergonzoso tiene menos que un cuñado en Nochevieja, y se corre entre la prenda y el sudoroso cuerpo de la secretaria como un toro de lidia encerrado durante semanas.
La blusa de Rebecca se levanta por tramos con la corrida de Arsène, como si la recorriese Sonic el erizo atiborrado de anfetaminas tras un concierto punk.
La explosiva eyaculación de Putain, iniciada en el pubis de la muchacha, termina alcanzando la barbilla de Rebecca, dejando tras de sí un rastro plateado de espeso esperma. El agente regresa a su ayudante para que se termine de deshinchar dentro del cálido hogar de la rubia.
Lomaine, exhausta por la intensidad de los orgasmos propios y ajenos, le ruega al inspector que se apiade de ella ese día, temiendo acabar descoyuntada de nuevo de camino al hospital y con el conejo vilipendiado.
Putain, todo un caballero, accede a la petición de tregua, sabiendo que a Rebecca le gusta despedirse haciéndole una buena paja al agente con los huevos embadurnados en aceite de coco.
*"Como los chorros del oro" expresión española que se utiliza para indicar que algo está muy limpio, reluciente o impecable.
Suite Presidential del Hotel Le Magnifique.Ciudad de Cannes. Ahora.
Repanchingado en un amplio sofá y vestido únicamente con un sombrero vaquero, una bata del hotel abierta y unos calzoncillos, el director Leonid Tarkovski atiende a un muy reducido grupo de periodistas. Dentro de la suite, cerca de la puerta montan guardia Putain y Monet.
El director es un hombre de complexión robusta y edad avanzada, con el cabello corto gris peinado hacia atrás y un rostro ancho perlado en sudor. De su corto y arrugado cuello de tortuga cuelgan unas anticuadas gafas de pasta negra.
Tras responder con un escueto y desganado «no» a un monólogo de un periodista argentino de la revista Les Cahiers du Septième Art, el bovino director Leonid Tarkovski señala a la neumática periodista de larga melena castaña rizada. El tercer periodista se quedará al final con las ganas de hacer alguna pregunta.
—Angela Barthez, de la revista Objectif Cinéma —se presenta la mujer y retira unas imaginarias pelusas de su ceñida camisa de terciopelo. No lleva sujetador y sus espléndidos pechos se entornan como fruta madura—. No solo recibirá el premio a toda una carrera del Festival de Cannes, sino que también compite en el certamen con Lady Cockford. El agresivo marketing de su largometraje promete elevar el listón, ya de por sí altísimo, en cuanto a desnudos integrales, escenas perturbadoras y mensajes políticos controvertidos. ¿Cómo encaja en este escenario Brigitte Bardel, su nueva musa, una actriz acostumbrada a la comedia ligera y al destape?
—Perfectamente. BéBé es un regalo del cielo. Me enamoré de ella desde la primera audición en mi mansión. Su actuación va a sorprender a mucha gente y estoy seguro de que le arrebatará la Palma de Oro a la zorra de Catherine Martin, a la que, por cierto, su revista da por ganadora segura por esa gilipollez que ha rodado. ¿Cómo se llamaba otra vez?
—Angela Barthez.
—¡No joder, la película de Martin!
—La madre de Juana de Arco —responde Barthez apretando los carnosos labios—. Usted siempre se ha negado a proyectar sus largometrajes en sesiones privadas para el jurado. Cito textualmente: «Que le den por culo al jurado y a su puta madre montada a caballo a medianoche», pero hace apenas una hora ha cambiado de opinión y esta vez sí permitirá una única proyección privada en el Palais des Festivals. ¿Qué le ha hecho cambiar de parecer?
Tarkovski arquea los labios en una sonrisa perversa. Se esperaba la pregunta. Flanqueado por Brigitte Bardel, retira discretamente la mano de la actriz que reposa sobre su muslo, da una larga calada a su puro habano y responde con tono autoritario, como si fuera el juez supremo de la excelencia cinematográfica, imitando el meme viral de Absolute Cinema y cargado de malicia.
—Mi largometraje Lady Cockford es una patada en los cojones a la adoctrinada burguesía europea, al ecosistema que nos adoctrina y que desea castrar al hombre desde la cuna, pero su contenido es poco comercial. Proyectarla ante un grupo reducido de distribuidores y críticos es un precio menor si quiero que llegue a un público más amplio. Mi arte debe provocar. Revolucionar conciencias. La rosa entre el estiércol.
La colaboradora de la prestigiosa revista toma notas rápidamente en su cuaderno, con la punta de la lengua asomada, absorta en su tarea.

—Tienes buenas tetas —continúa Leonid tras observarla lascivamente—, pero no vales ni una mierda como periodista. Tus preguntas son anodinas, académicas, demasiado convencionales y complacientes. En cambio, me gusta tu carita de comepollas, de las que lucen mejor con una buena corrida en la cara. No dudes en llamarme si te cansas de juntar letras y quieres ser famosa de verdad.
La perpleja muchacha se queda blanca, al borde de las lágrimas, y no vuelve a hacer más preguntas. Al cineasta se le pone durísima al sentirse superior.
Satisfecho por haber descolocado a Barthez de una forma tan grosera, Leonid apresa la mano de Bardel y la lleva esta vez sobre su abultado paquete. Se echa hacia atrás en el sofá, exhala ostentosamente el humo de su puro al techo de la suite y dice: El mismo cigarro que, bien salivado, ha hundido por completo en el sexo de BéBé hace apenas una hora en esta misma suite, hasta hacerla tener dos orgasmos seguidos sin quitarse el puto sombrero.
El director siempre supo que Bardel haría lo que fuera para trabajar con él.
En las audiciones, meses atrás, no puso ninguna objeción a desnudarse completamente frente a él en su apartamento, delante de cuatro espejos, y a hacer como si orinara en un bidé. Por supuesto, le dio el papel protagonista femenino de Lady Cockford.
Indignado por la grosería con la que el ruso ha tratado a Barthez, Putain mira a Monet, cuya mirada lo dice todo y que no puede estar más de acuerdo con la decisión que va a tomar el inspector.
—Sr. Tarkovski, han surgido cuestiones de seguridad de carácter urgente que requieren nuestra atención inmediata —declara Putain, poniendo fin a la entrevista—. Señor Romero, señorita Barthez, les presento mis disculpas por este imprevisto.
Al salir de la suite, antes de alejarse, Ángela se vuelve y agradece la intervención del inspector con una discreta sonrisa y un «gracias» casi inaudible.
Desde que lo conoció, Xanadú lo había dado por un perfecto imbécil. Sin embargo, por primera vez, empieza a sospechar que tal vez conserve alguna neurona funcional. Su sentido de la justicia la pone muy cachonda. Demasiado.
Asdrúbal Romero, el periodista argentino, por su parte, antes de encaminarse a los ascensores, se entretiene en darle la chapa a una ocupada doncella de la limpieza de la suite aledaña.
Tuvo más suerte que un cura con dos parroquias.
Dasha Fedorovich, bajo el disfraz de doncella, poco le faltó para darle una guantada, temiendo que la descubrieran los agentes de la ley.
¡Buenísimo! Gracias
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