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Arsène Putain y la proyección privada (Inspector Arsène Putain II #20)

EXCLUSIVO PARA MAYORES DE 18 AÑOS


Las calientes aventuras en Niza del
Inspector Arsène Putain #8

Despacho del capitán Gaston Boulard.
Hace tres días.

—Antes de que empiecen a tocarme los cojones de que esto se aparta de sus competencias les voy a ser muy claro —ladra el amorcillado capitán Boulard al inspector Arsène Putain y a la detective Xanadú Monet. Rebecca Lomaine, su secretaria, con falda de cuero ajustada y escote generoso, observa impasible cargada con una montaña de expedientes. Didier Belinksi, el alcalde de Cannes es muy, pero que muy, amigo de nuestro alcalde, Gaspard Le Blanc y algunos favores se pagan tarde o temprano.

Xanadú malhumorada se enciende un cigarrillo. Se la trae al pairo los compromisos adquiridos de su capitán, los politiqueos y el cartel de prohibido fumar del despacho. Al "ejem" reprobatorio de Lomaine responde con un inaudible "cállate puta"

—Como iba diciendo, el Festival de Cine de Cannes le entregará la Palma de Oro honorífica al director ruso Leonid Tarkovski, maestro indiscutible en castigarnos con intensísimos de largometrajes rodados en blanco y negro, planos interminables y silencios eternos capaces de quitarle las ganas de vivir a cualquiera. Tiene el mismo valor artístico que la mierda seca de un caballo muerto y aderezado con una retahíla inagotable de primeros planos de gordas tetas y nalgas redondeadas. 

Arsène, a diferencia de su camarada, que tiene el rostro desencajado y a punto de montar el pollo, escucha atentamente con las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones de lino egipcio y marcando paquete. Sabe perfectamente —los años le han enseñado esa valiosa lección— que dejarse llevar por la ira es una mala compañera de viaje. Él se debe a Francia, a la justicia gala y al cumplimiento de su deber, allá donde este lo conduzca.

—Nuestro alcalde me ha insistido en que mande a mis mejores hombres al Festival. Que los agentes disponibles de Cannes no valen ninguno ni para tomar por culo. Al parecer, la terrorista Dasha Fedorovich se la tiene jurada a Tarkovski desde hace tiempo y podría sabotear la proyección privada de su última y polémica soplapollez —continúa el capitán abanico en mano—. Ustedes dos estarán al cargo de la seguridad tanto del cineasta ruso como de la última musa del cineasta, Bijou de Brioche, nuestro tesoro nacional.

—¿Brigitte Bardel? —pregunta Arsène levantando sorprendido una ceja. Le Duc de Montmartre, su fiel escudero entre las piernas muestra sus respetos igualmente con una instantánea y pétrea erección. La cincuentona actriz sigue teniendo una buena vuelta en la noria.

—Seguro que se mete algo. Es imposible que la tenga siempre así de dura y gorda. Ni que la activara con un resorte —piensa molesta la joven agente Monet mirando de reojo el miembro viril de Putain y apartándose del inspector. Se termina el cigarrillo de una larga calada—. Joder, tiene las venas tan marcadas del pollón que hasta un ciego podría pasar los dedos por ellas y leer un mensaje en braille.

—Sí, BéBé, Brigitte Bardel, la misma que viste (poco, al juzgar por los papeles que ha interpretado en toda su carrera) y calza (eso también parece ser un verbo que no le es nada ajeno). No hace falta que les repita que no nos podemos permitir que le pase nada antes de que pueda declarar contra el clan Kazalauskas. ¡Mira que le dijimos que mantuviera un perfil bajo y ni puto caso! —responde Boulard y continua—. Se levanta de la mesa y se pone su espantosa chaqueta de coderas de cuero—. Se hospedarán en el Hotel Le Magnifique en Cannes. Tarkovski y Brigitte Bardel llegarán al día siguiente. Tienen tiempo suficiente para hacerse una idea de las medidas de seguridad a contemplar.

» ¿Srta. Lomaine? Hágales entrega del expediente de Tarkovski. Me marcho a casa. Hoy toca aplaudir a rabiar como un gilipollas en el Liceo a mi hija Odette, que aporreará un piano vestida de unicornio mientras mi hijo imita un pato por todo el escenario.

Xanadú se marcha cabreada por la puerta tras arrebatarle el expediente de las manos a Lomaine. Otra misión junto al sátiro de Putain. Y, casualidades de la vida, la puta de Bardel vuelve a su vida. No se lo quita de encima ni con agua caliente. 

Como si no hubiese tenido suficiente con el resultado de las pruebas de ADN del semen recogido semanas atrás en la villa de la actriz. Todas eran desconocidas, a excepción de las de su novio, Ismael. ¿Qué cojones hacía en casa de la actriz? Qué disgusto más grande se llevó la pobre.

El capitán acompaña a Monet a la salida con andares pesados. No hace tanto, no había tarde que no se fuera a casa sin echar un polvo a su secretaria. Qué buenos tiempos aquellos en los que se iba bien descargado a casa. ¿Y ahora? Mierda, a meneársela en el coche como un mono.

—¿Inspector Putain? —le detiene la secretaria al agente de la ley con su voz aterciopelada—. ¿Dispone usted de diez minutos para ayudarme a cambiar el cartucho de tóner de la impresora? Ya sabe, una que es poco hábil y usted seguro que entiende de maquinaria larga y ancha. ¡De cómo insertarlos a la primera!

» Yo me pongo perdida de tinta las manos, la cara, el pelo y hasta el escote. Acabo hecha un desastre. No puedo abrir ni los ojos de lo pringada que acabo. Luego me paso horas enteras frotándome en la ducha. No me entienda mal, no tengo problemas en ponerme hasta arriba de polvo...

El intachable inspector esgrime una media sonrisa picarona y la acompaña al archivo sin más comentarios, dispuesto a que esa máquina de la que habla esté escupiendo blancas hojas en unos minutos.

El estrecho habitáculo está mal iluminado por una luz fluorescente y la multicopiadora luce aburrida junto a varias estanterías metálicas cargadas de cajas de folios y material de oficina. La sala de reprografía no tenía nada de especial y, de hecho, era una de las dependencias menos utilizadas de la comisaría. En una época en la que casi toda la documentación circula en formato digital, apenas nadie tiene razones para imprimir algo en papel a excepción de algún sufrido padre con despistados hijos en la escuela y trabajos que entregar para mañana 

Nada más llegar, y tras echar una mirada por encima del hombro para asegurarse de que están solos, Lomaine echa el pestillo. Se levanta la falda hasta la cintura, dejando al descubierto un diminuto tanga de color cobalto. Aparta la prenda íntima con el índice, dejando al descubierto un pizpireto vello púbico de color whiskey. Se deja puesto el jersey ajustado de cuello alto gris oscuro.

Acto seguido, levanta la hoja de cubierta de la fotocopiadora y apoya ligeramente el trasero sobre el cristal de originales. Abre las piernas y el perfume íntimo de su piel, con olor a naranja rallada y coco, emborracha la pequeña estancia.

—Señor técnico, ¿sabe usted cómo proceder? —pregunta lascivamente Rebecca abriendo con el dedo corazón y el índice las puertas del castillo Lomaine. Su excitado sexo late como un tambor de guerra de los apaches a punto de atacar Fort Laramie.

Putain aparta los muslos de la muchacha y abrillanta lentamente con la palma la tersa parte interior cual avispado Aladino. Rebecca gime y echa los brazos hacia atrás. El inspector la tiene más caliente que el Tinder de una divorciada a medianoche.

Arsène se desabrocha el cinturón, se baja la cremallera y los exclusivos calzoncillos Hugo Bros -hechos a medida y de amplia huevera- y libera su indómito pollón de 28 centímetros, al que solo le falta chillar "ah-ah-ah" cómo a los nativos americanos al entrar en batalla. Los pantalones y los guardavalores del agente de la ley terminan de una patada de mantel encima de unas cajas de folios polvorientos.

Asustada la secretaria da un gritito y menta al Altísimo. Casi se le había olvidado la majestuosidad del arma de penetración masiva del parisino. Un cipote nudoso e insultantemente duro, con un glande violáceo y brillante como los chorros del oro*.

—¿No necesita echarle un vistazo al manual de instrucciones? —insinúa Rebecca, mientras recoge el rabo de Arsène con ambas manos como si tirara de la cuerda de un bote amarrado— ¿o quizás necesita algo de ayuda para encontrar dónde encajar la pieza?

El primer pollazo desplaza la fotocopiadora anclada al suelo medio metro (200 € en piezas de repuesto), con Lomaine sentada encima. La segunda embestida desajusta los rodillos de la bandeja de papel A & B (300 € de avería más 150 € de desplazamiento) y, con la tercera, los testículos de Putain, duros como la dentadura de Abraham Lincoln, hunden la botonera (250 €) y activan la opción de copiar y guardar en USB.

Entre el primer y el segundo orgasmo de la secretaria, la multicopiadora escupe otras 150 copias del trasero en forma de corazón invertido de Lomaine, y alcanza las 500 copias cuando Arsène, amarrado a un muslo de la rubia, levanta el jersey de Lomaine con la otra mano.

El inspector frota lentamente el clítoris de la despeinada muchacha con sus duros y depilados testículos mientras su falo se balancea arriba y abajo como una caña de pescar, tirando de su presa. A punto de eyacular, recoge el jersey de Rebecca para taparse el enorme pene, que de vergonzoso tiene menos que un cuñado en Nochevieja, y se corre entre la prenda y el sudoroso cuerpo de la secretaria como un toro de lidia encerrado durante semanas. 

La blusa de Rebecca se levanta por tramos con la corrida de Arsène, como si la recorriese Sonic el erizo atiborrado de anfetaminas tras un concierto punk.

La explosiva eyaculación de Putain, iniciada en el pubis de la muchacha, termina alcanzando la barbilla de Rebecca, dejando tras de sí un rastro plateado de espeso esperma. El agente regresa a su ayudante para que se termine de deshinchar dentro del cálido hogar de la rubia.

Lomaine, exhausta por la intensidad de los orgasmos propios y ajenos, le ruega al inspector que se apiade de ella ese día, temiendo acabar descoyuntada de nuevo de camino al hospital y con el conejo vilipendiado.

Putain, todo un caballero, accede a la petición de tregua, sabiendo que a Rebecca le gusta despedirse haciéndole una buena paja al agente con los huevos embadurnados en aceite de coco.

*"Como los chorros del oro" expresión española que se utiliza para indicar que algo está muy limpio, reluciente o impecable.

Suite Presidential del Hotel Le Magnifique.
Ciudad de Cannes. Ahora.

Repanchingado en un amplio sofá y vestido únicamente con un sombrero vaquero, una bata del hotel abierta y unos calzoncillos, el director Leonid Tarkovski atiende a un muy reducido grupo de periodistas. Dentro de la suite, cerca de la puerta montan guardia Putain y Monet.

El director es un hombre de complexión robusta y edad avanzada, con el cabello corto gris peinado hacia atrás y un rostro ancho perlado en sudor. De su corto y arrugado cuello de tortuga cuelgan unas anticuadas gafas de pasta negra.

Tras responder con un escueto y desganado «no» a un monólogo de un periodista argentino de la revista Les Cahiers du Septième Art, el bovino director Leonid Tarkovski señala a la neumática periodista de larga melena castaña rizada. El tercer periodista se quedará al final con las ganas de hacer alguna pregunta.

—Angela Barthez, de la revista Objectif Cinéma —se presenta la mujer y retira unas imaginarias pelusas de su ceñida camisa de terciopelo. No lleva sujetador y sus espléndidos pechos se entornan como fruta madura—. No solo recibirá el premio a toda una carrera del Festival de Cannes, sino que también compite en el certamen con Lady Cockford. El agresivo marketing de su largometraje promete elevar el listón, ya de por sí altísimo, en cuanto a desnudos integrales, escenas perturbadoras y mensajes políticos controvertidos. ¿Cómo encaja en este escenario Brigitte Bardel, su nueva musa, una actriz acostumbrada a la comedia ligera y al destape?

—Perfectamente. BéBé es un regalo del cielo. Me enamoré de ella desde la primera audición en mi mansión. Su actuación va a sorprender a mucha gente y estoy seguro de que le arrebatará la Palma de Oro a la zorra de Catherine Martin, a la que, por cierto, su revista da por ganadora segura por esa gilipollez que ha rodado. ¿Cómo se llamaba otra vez?

—Angela Barthez.

—¡No joder, la película de Martin!

La madre de Juana de Arco —responde Barthez apretando los carnosos labios—. Usted siempre se ha negado a proyectar sus largometrajes en sesiones privadas para el jurado. Cito textualmente: «Que le den por culo al jurado y a su puta madre montada a caballo a medianoche», pero hace apenas una hora ha cambiado de opinión y esta vez sí permitirá una única proyección privada en el Palais des Festivals. ¿Qué le ha hecho cambiar de parecer?

Tarkovski arquea los labios en una sonrisa perversa. Se esperaba la pregunta. Flanqueado por Brigitte Bardel, retira discretamente la mano de la actriz que reposa sobre su muslo, da una larga calada a su puro habano y responde con tono autoritario, como si fuera el juez supremo de la excelencia cinematográfica, imitando el meme viral de Absolute Cinema y cargado de malicia.

—Mi largometraje Lady Cockford es una patada en los cojones a la adoctrinada burguesía europea, al ecosistema que nos adoctrina y que desea castrar al hombre desde la cuna, pero su contenido es poco comercial. Proyectarla ante un grupo reducido de distribuidores y críticos es un precio menor si quiero que llegue a un público más amplio. Mi arte debe provocar. Revolucionar conciencias. La rosa entre el estiércol.

La colaboradora de la prestigiosa revista toma notas rápidamente en su cuaderno, con la punta de la lengua asomada, absorta en su tarea.

—Tienes buenas tetas —continúa Leonid tras observarla lascivamente—, pero no vales ni una mierda como periodista. Tus preguntas son anodinas, académicas, demasiado convencionales y complacientes. En cambio, me gusta tu carita de comepollas, de las que lucen mejor con una buena corrida en la cara. No dudes en llamarme si te cansas de juntar letras y quieres ser famosa de verdad.

La perpleja muchacha se queda blanca, al borde de las lágrimas, y no vuelve a hacer más preguntas. Al cineasta se le pone durísima al sentirse superior.

Satisfecho por haber descolocado a Barthez de una forma tan grosera, Leonid apresa la mano de Bardel y la lleva esta vez sobre su abultado paquete. Se echa hacia atrás en el sofá, exhala ostentosamente el humo de su puro al techo de la suite y dice: El mismo cigarro que, bien salivado, ha hundido por completo en el sexo de BéBé hace apenas una hora en esta misma suite, hasta hacerla tener dos orgasmos seguidos sin quitarse el puto sombrero.

El director siempre supo que Bardel haría lo que fuera para trabajar con él. 

En las audiciones, meses atrás, no puso ninguna objeción a desnudarse completamente frente a él en su apartamento, delante de cuatro espejos, y a hacer como si orinara en un bidé. Por supuesto, le dio el papel protagonista femenino de Lady Cockford.

Indignado por la grosería con la que el ruso ha tratado a Barthez, Putain mira a Monet, cuya mirada lo dice todo y que no puede estar más de acuerdo con la decisión que va a tomar el inspector.

—Sr. Tarkovski, han surgido cuestiones de seguridad de carácter urgente que requieren nuestra atención inmediata —declara Putain, poniendo fin a la entrevista—. Señor Romero, señorita Barthez, les presento mis disculpas por este imprevisto.

Al salir de la suite, antes de alejarse, Ángela se vuelve y agradece la intervención del inspector con una discreta sonrisa y un «gracias» casi inaudible.

Desde que lo conoció, Xanadú lo había dado por un perfecto imbécil. Sin embargo, por primera vez, empieza a sospechar que tal vez conserve alguna neurona funcional. Su sentido de la justicia la pone muy cachonda. Demasiado.

Asdrúbal Romero, el periodista argentino, por su parte, antes de encaminarse a los ascensores, se entretiene en darle la chapa a una ocupada doncella de la limpieza de la suite aledaña. 

Tuvo más suerte que un cura con dos parroquias.

Dasha Fedorovich, bajo el disfraz de doncella, poco le faltó para darle una guantada, temiendo que la descubrieran los agentes de la ley.

*Expresión coloquial española que significa hablar de forma pesada, larga o insistente sobre un tema, hasta aburrir o cansar a quien escucha.

Sala de proyección privada del Palais des Festivals.
Dos horas más tarde. 

—Pero ¿qué cojones es esto? —exclama el cineasta ruso ostensiblemente molesto—. ¡Han saboteado mi largometraje! ¡Exijo responsabilidades! ¡Esto es una puta mierda!

Las escenas insertadas en color sobre el metraje en blanco y negro de Lady Cockford no dejan lugar a dudas. Los murmullos entre la crítica especializada reunida en la sala de proyección se acentúan. 

La agente Monet maldice su mala suerte. En qué maldita hora le dijo a Putain que se encargaría ella sola de velar por la seguridad de Tarkovski y de Bardel durante la proyección privada.

Se muestra en primer plano una polla dura como una estaca eyaculando sobre el muy reconocible rostro de Fiona Locarelli, la esposa del alcalde de París, mientras se le oye a éste buscar a su esposa de fondo. Un afamado político ultracatólico en la cama con tres mujeres orinándole encima. El capitán de la policía de Niza hablando con su mujer desde su despacho mientras le hace una mamada su secretaria. Una mujer masturbando a un hombre en un Porsche frente a la comisaría sin que nadie se dé cuenta...

El metraje se detiene con la misma polla del principio y, a continuación, aparece el rostro risueño de la terrorista steampunk albina Fedorovich, de coleta recogida.

"Yo ser Dasha Fedorovich. ¡Basta inclinar cabeza y abrir piernas! Lo que vosotros acabar de presenciar ser solo punta de iceberg de cómo poder establecido gastar en ciudades de Niza y París, modernas Sodoma y Gomorra. Fornicio y depravación sin límite.

Durante siglos enseñar a nosotras que patriarcado ser orden natural, cuando no ser más que maquinaria de privilegios sostenida por miedo y costumbre. Ellos querer mujeres dóciles, agradecidas y silenciosas, porque mujer que pensar y decidir ser amenaza para su reino de jerarquías.

Ahora llegar momento de derribar cada pedestal, ridiculizar cada dogma y negar obediencia que ellos siempre dar por descontada. Nosotras no pedir permiso para existir; nosotras reclamar mundo que ellos arrebatar. Que temblar quienes confundir autoridad con derecho y dominio con justicia. ¡Viva castración sistemática de todos los que oponerse a nuevo orden!

Durante próximas horas yo hacer públicos nombres de cien depravados si ellos no cumplir mis condiciones. Cien millones de euros. No un céntimo menos. Ellos creer poder esconder detrás de dinero, poder y placas. Ellos equivocar. Cada hora pasar sin obedecer, nuevo nombre salir a luz. Famoso alcalde e inspector ser primeros. Hoy empezar miedo cambiar de bando."

—Reconozco la primera polla incluso a oscuras —confiesa Brigitte Bardel a la agente Monet, que está sentada a su lado—. Mira que hace ya tiempo que no me atan, me venden los ojos y me azotan bien con una herramienta parecida... Bueno, no fue hace tanto, una semana a lo sumo.

—¿Disculpe? —responde la agente Monet, abriendo los ojos de par en par.

—No te hagas la estrecha, Xanadú, que el dueño de esa hermosura de pollón te la metió hasta los huevos en el culo en mi casa no hace tanto. Estabas en la gloria. Poco te faltó para dedicarle un poema.

—¿Cómo dice? —replica Xanadú, encendiéndose nerviosa el enésimo cigarrillo. No le está gustando nada el rumbo que está tomando la conversación. —Dios, qué vergüenza. Pero ¿de quién se trata?

—Pues ¿de quién va a ser? ¡Del semental de su compañero Arsène Putain!

Bardel se detiene y vuelve a fijar la vista en las escenas explícitas que se repiten sin cesar en la pantalla.

—La tal Fedorovich se la tiene jurada a mucha gente, y entre ellos a tu querido y taimado compañero —sentencia la actriz, visiblemente divertida.

—Estamos metidos en un follón de puta madre —susurra Monet—. Qué desastre. Se va a armar un pito(te) del copón. Hemos tenido suerte de que, a última hora, el director haya decidido hacer una proyección privada y no estrenar el largometraje mañana en el festival ante cientos de personas, como estaba planeado.

Bardel, incapaz de apartar la vista del pollón de la pantalla, desliza su mano debajo del pantalón de pinza. Está muy húmeda. Se acaricia el hinchado sexo. Está cachonda como una perra. Una polla así le vendría ahora mismo de perlas. ¡Últimamente, de tanto tocarse ella sola, parece un piano embrujado! Se muerde los labios y empieza a masturbarse ante los atónitos ojos de Xanadú.

Mientras tanto en el Hotel Le Manifique.

—¿También cree que tengo cara de puta presumida, señor Putain? —pregunta la periodista Angela Barthez, mirando por el ventanal de cuerpo entero de su habitación y terminando de pasar a limpio sus apuntes a cuatro patas.

—Señorita Barthez, no se deje amedrentar por el maleducado de Tarkovski —responde el inspector, mientras la abraza por la cintura. Acompaña con sus manos el rítmico balanceo del generoso trasero de la periodista sin dejar de clavarle la polla hasta el fondo. Tiene la periodista el culo más prieto que el puño de un sindicalista en una manifestación. —Tarkovski vive de la provocación y necesita sentirse superior humillando a su alrededor. Es un triste.

—¡El ruso es un desconsiderado y de un mal gusto terrible! ¡Usted sí que es un caballero de los que se visten por los pies!

Putain asiente, aun teniendo, en este caso concreto, los pantalones a la altura de los tobillos, y le mete otros tres zambombazos más a la periodista, que la hacen perder el equilibrio y besar el suelo como Kate Perry al regresar a la Tierra de su vuelo suborbital. 

Un vuelo en el que, por cierto, la cantante no tuvo que hacer nada, aparte de abrir y cerrar los ojos como un búho deslumbrado.

—Pero sí que tengo que darle la razón en algo —continúa Angela desde el suelo, con el enrojecido culo en pompa—. Tengo unas tetas muy, pero que muy buenas. Son dulces como cántaros de miel. ¿Le gustan mis lolas, inspector? A mí me vuelve loca que caballeros de verdad como usted se corran en ellas como muestra de gratitud hacia mí. ¿Tenemos un trato?

Con un sonoro plop, Arsène retira su miembro erguido, caliente como un verano en Sevilla y duro como el titanio, a pesar de la eyaculación anterior y espera paciente a que Barthez se incorpore del suelo y se ayude del antebrazo derecho para alzarse el pecho hasta la barbilla. 

Tras frotar su glande por las esponjosas aureolas de Angela —es de buena educación llamar a la puerta antes de entrar en una casa—, Putain se descarga a quemarropa en la talla 95D de Barthez con la potencia de una escopeta recortada: ¡Pum!

El pecho de Angela parece que le hubiesen echado encima un cubo de pintura blanca. Satisfecha y más contenta que un caballo premiado en un desfile por el trato recibido, se lame la leche de los pezones con la perseverancia de un gato mojado. 

Así sí merece la pena lidiar con el ego de cineastas y el gremio de actores y actrices —se vanagloria, ajena al escándalo que acaba de estallar en el Festival de Cannes.

¡Continuará!


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¡La imbatible banda sonora!

Françoise Hardy - Comment te dire adieu.


No te pierdas las primeras aventuras del intachable inspector Arsène Tiberius Putain bajo el siguiente enlace o en su libro recopilatorio.


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