El sindrome de Messalina (Especial Mitología clásica)
—¿Me pondré bueno, doctora? —susurra un asustado Claudio con una erección majestuosa y mirada lastimosa tapándose el rostro con las manos—. No me mienta, esto es serio, ¿verdad? Jamás tenía que haberle chupado el lomo a ese sapo verrugoso de caña para que se me pusiera dura. Para que me fiara yo de la puta cubana esa de los cojones.
Su polla está siendo auscultada amorosamente y muy profesionalmente por la auxiliar Dolores Lola Peña (que se ha hecho pasar por galena con su bata y todo) mientras su compañera Candela toma notas en un bloc de notas -en realidad hace cuatro garrapatos entretenida como está en acariciarse la inflamada pepitilla al amparo de su bata- en una de las salas de urgencia del hospital Sanitum.
—No consigo cogerle el pulso —confirma la gaditana Lola con un largo suspiro a su compañera probando diferentes opciones de lectura como los testículos, la parte interior de los muslos y el falo con su estetoscopio—. Nada, imposible.
—¿Me voy a morir? —solloza el bravo mecánico—. Pagaré los tratamientos que sean necesarios y si no es suficiente, os arreglaré el coche, el patinete eléctrico, el airfryer, el vibrador, todo gratis de por vida... ¡lo que haga falta!
—¿Perdón? —replica Lola dirigiendo el instrumento de auscultación hacia el rostro del doliente técnico automotriz—. Si no le habla al estetoscopio no le entiendo.
—¿Podéis avisar a mi hermano Lucio? —ruega Claudio agarrando el instrumental de auscultación—. Está fuera en la sala de espera. Seguramente preocupadísimo. Es muy aprensivo y, lo peor, ya se le habrán acabado las monedas para la máquina de vending.
—¿Enfermera Sánchez? Hay que intervenir ya mismo y sacar todo el veneno antes de que sea demasiado tarde —apremia la enfermera Peña a su compañera ladeando la cabeza—. Saque a pasear sus enormes tetas morenas y póngalas en la boca del paciente. Necesitamos que su polla aumente de tamaño para acrecentar las posibilidades de éxito.
—¿Más aún? ¡Si ya la tengo más gorda que la manga de un abrigo!
—¿Quiénes son las especialistas de la salud aquí? Nosotras ¿no? ¡Ahora con ver cuatro videos de YouTube y dos consultas al Capricornio IA ya parecemos saber de todo! —Lucio asiente avergonzado por poner en duda los conocimientos de las facultativas y se pone a destetar las morenas domingas de la dominicana para calmarse—. Eso me parecía, pues a callar y a chuparles las tetas a Candela como un niño recién nacido de una puta vez. Es que me hacéis hablar mal.
—Dice la doctora Freud-Petrakis que también presento un acusado complejo de Calígula ¿Tendrá algo que ver? —exclama Claudio acunada su cabeza en el pecho de la mulata que le susurra amorosamente que todo irá bien al tiempo que Claudio chupa los morenos pezones como galletas campurrianas rellenas de chips de chocolate.
—¡Cuánto intrusismo hay en nuestro gremio! —replica la morena mientras se baja los ligeros pantalones celestes con una mano mostrando su rizado coño negro (como tu destino, estimado lector/a, si no estudias una carrera de verdad). Las braguitas ni están ni se las esperan.
Candela se introduce el pollón en su húmedo interior habiendo previamente frotando unos segundos la cabecita en su pepitilla.
—Ven con Mamá, pequeñín —exclama cerrando los ojos y sacando su lengua con piercing.
El interior de la mulata está ardiendo, a 100 grados, que digo yo, ¡a 1000 grados! Atrapa la polla de Claudio como un cepo para osos mientras le cabalga como una posesa.
—¡De verdad, Candela! ¡No puede ser! ¡Me doy la vuelta y ya te lo estás follando! —se queja quitándose la bata la doctora con un encogimiento de hombros. La bata le cuelga de los codos con los brazos aún metidos en las mangas. Por supuesto la Lola no lleva nada debajo.
La amiga se ríe mientras mueve el culo de arriba a abajo frenéticamente y se pinza los pezones. Con la mirada le dice "Haber estado más lista la próxima vez, cacho guarra".
—¡Córrete dentro, rey conquistador, sólo así te podrás curar! ¡Dentro de mi coño mágico indígena! —exige la dominicana.
Claudio asiente agarrando sus caderas con fuerza y empieza a eyacular como su no hubiera un mañana, pero su ardiente leche no termina en el coño de la mulata sino en la boca de Lola, que, hábilmente como un tahúr, ha cambiado la polla de ubicación. Con los primeros espasmos de la polla, la ha sacado y se la ha introducido en su boca. Succionando totalmente el exquisito néctar de la vida.
—Supongo que me lo tengo merecido por agonías —afirma la mulata.
Su amiga le enseña la boca repleta de blanca leche, para a continuación tragársela entera mientras le enseña el dedo medio.
Ambas se ríen. Lo hace hasta Claudio, liberado por fin de esa mortal enfermedad que le iba a llevar a la tumba como había visto en un video de YouTube.
Lo tiene decidido, mañana irá a cobrar junto a su hermano Lucio a la consulta Freud-Petrakis lo que le adeudan y que se deje la doctora de tontadas de enfermedades rarísimas.
Mira que a Claudio nunca le ha gustado montar un pollo. Esto le pasa por buena persona.
Tanto a él como a su queridísimo hermano gemelo lo que le gusta de verdad es que le monten la polla. Parecido, pero no es lo mismo.
No es lo mismo dos pelotas negras que dos negras en pelotas.
Pues eso.
Al día siguiente a primera hora.
Consulta de la doctora Freud-Petrakis.
—¡Joder, que son dos gemelas! —exclama Claudio, golpeando con el codo a su hermano Lucio al ver a la secretaria de cabello castaño abrir la puerta de la consulta y pedirles que tomen asiento—. ¡Ahora lo pillo! Eso explica que tú recuerdes a la doctora Verónica Freud con el pelo largo y rubio, mientras que yo visualice a la otra, la que vino al taller, con el pelo corto. Esa debe de ser Vanessa.
—Como si son las Tres Marías de la Biblia ¿Quién cojones de las dos nos debe el dinero de la reparación? —responde Lucio que no puede evitar una erección. Siempre se le pone dura cuando está alterado.
Claudio le susurra que la otra. Lucio asiente, se levanta y entra en el despacho como si llegara tarde a su propia boda mientras su gemelo se parapeta delante de la puerta cruzado de brazos.
—¿La Doctora Verónica Freud-Petrakis? —dice el mecánico, como si fuera el periodista Henry Morton Stanley al encontrarse al misionero y explorador David Livingstone —. Soy Lucio Montoya.
La doctora sin alzar la vista continúa con sus quehaceres mientras hace clic, una y otra vez, con el bolígrafo.
—Sé perfectamente quién es señor Montoya -clic- ¿Cómo se atreve a interrumpir así en mi consulta, en mi Sancta Sanctorum sin avisar -clic- y sin respetar las horas de consulta? Haga el favor de volver otro día con una cita previa para tratar su dolencia. Clic.
—¡Estoy hasta los cojones de tanto complejo de San Pito Pato, tanto librito, tanta pollada y tanto clic! —sentencia Lucio clavando ambas manos en el escritorio de la doctora y despejando la mesa de papeles, una pequeña lámpara antropomórfica de plástico ámbar, rechoncha de un cuerpo desnudo cuyo interruptor es el rabo de la figura y uno de esos teléfonos grandotes con muchos botones cuadrados rojos y azules—. ¡A soltar la mosca, joder, que no somos una ONG!
—¿Disculpe? ¡Esto ya no es un vulgar complejo de Calígula, es algo muchísimo más infame! ¡Con un galopante síndrome de Messalina hemos topado! ¿Ha traído a un miembro de su recua para no sentirse solo? ¿Su hermanito? No dejo de oír gruñir a otro cavernícola fuera.
» ¡Usted y su hermano están enfermos, muy enfermos, enfermísimos! —balbucea Verónica. ¿Pues no se ha puesto cachonda que se haya puesto tan bravo el amigo? Sin duda alguna, se debe tratar por el poder intimidatorio del macho de espalda plateada y causando sobre ella el mismo efecto aletargador que la lira de Orfeo sobre Cerbero, pero en plan guarro-guarrísimo.
» Yo no respondo ante trogloditas. ¡Tengo estudios! No pocas noches me he pasado hincando las rodillas, quiero decir los codos, estudiando para mejorar mis notas en la Universidad Nepija, digo Nebrija. Con buenas palabras, con calma y con educación responderé a todas sus preguntas. ¿Ve este bolígrafo? —señala la doctora un boli patrocinado por la Caja Rural de Retuerta del Bullaque—, mi respuestas serán monosílabas, en su estado actual no le considero capacitado para digerir respuestas complejas. Un clic es un si; dos clics, no. ¿Lo ha entendido?
Lucio asiente y avergonzado por su mal pronto. No puede evitar ponerse de morros si juegan con la estabilidad económica de su taller.
—A todo esto ¿Cómo ha podido despejar la mesa si tenía las dos manos encima de ella? —pregunta la doctora para dar a continuación un gritito al percatarse del nudoso y palpitante pollón grande encima del escritorio como un churro de espuma para aprender a nadar.
Intentando apartar la mirada del majestuoso rabo que solo le faltaría una pajarita para estar más hermoso, Freud-Petrakis se levanta y se dirige con paso decidido a consultar un libro en su estantería al tiempo que grita el nombre de su hermana. ¡Vanessa! ¡Café! ¿Qué digo? ¡Ven de inmediato! Necesito... ¿Qué necesita? Ya ni lo sabe. ¿Medicarse? Ella no ¡Él! Ella necesita... ¡calmarse! ¡Eso es lo que necesita! Pero es que con un pollón así de desplegado es difícil centrarse ni hacer nada, ¡joder!
La voz engolada y pastosa de su hermana le grita de vuelta que está terminando de atender las necesidades urgentes de un paciente. Una voz masculina cercana a Vanessa masculla y corrige a la secretaria hermana que no hay que tener tanta prisa que ya se ha encargado él de cerrar la puerta de la consulta con llave.
Y puesto que la doctora no está ni lejanamente a lo que tiene que estar, tropieza con la alfombra y se desploma de cara sobre su voluminoso sofá Chesterfield de cuero verde botella y con más confesiones que una parroquia cerca de un burdel.
Con tan mala suerte que al caer de bruces, se queda con la falda de cuero azabache levantada por encima de la cintura, el culo en pompa y todo esto sin soltar el bolígrafo. Nerviosa como está, al intentar bajarse de nuevo la prenda íntima, se equivoca de pieza y termina bajándose las bragas rositas. Sin poder evitarlo hacer clic con el boli.
—Bueno, bueno, bueno que no se diga que no tengo cintura para las contraofertas —responde a Lucio y dirige su txistorra oriunda de Pitobarrika -un pequeño pueblo de Bizkaia de apenas trescientos habitantes, famoso por sus fiestas patronales y por una tasa de divorcios inexplicablemente elevada- al ojal de la galena como si le persiguiera Hacienda.
—¡Oha! ¿Dónde vas con tantas prisas, vaquero?
—Un clic es un sí, ¿no era eso?
—Bueno, sí… digo, no. Bueno, sí a una pregunta directa, pero no como afirmación ni como permiso para clavarme un pollazo en el culo —responde la facultativa elevando las caderas—. Me voy a dejar follar -clic-, puesto que soy una profesional como la copa de un pino. ¡El bienestar de mis pacientes siempre estará entre mis prioridades!
—¡Cállate ya, joder! —responde Lucio y clava su herramienta hasta la empuñadura dando inicio al primero de muchos orgasmos que disfrutaría la doctora aquella memorable tarde.
Y así transcurrieren muchas horas, entre clics de un total de doce bolígrafos diferentes -entre ellos la mencionada Caja Rural de Retuerta de Bullaque, la XII jornada internacional de ayuda contra la disfunción eréctil, la Asociación de amigos del Lince ibérico, el Club de actividades lúdicas El conejo rojo, un par de asadores de carne argentina y varios restaurantes de carretera de infame nombre- que se fueron rompiendo uno tras otro.
Las hermanas y los hermanos como familia bien avenida se fueron turnando tanto en el despacho como en la sala de espera cada poco tiempo sin pasar por la casilla de salida -léase el aseo- y no pocas veces Lucio eyaculaba dentro o encima de una de las gemelas Freud-Petrakis dónde hace no tanto lo había hecho su querido hermano y viceversa.
Las descargas fueron apuntadas, diligentemente, por los hermanos en la espalda -cuando eran por detrás- o en un pecho -cuando eran por delante de cada una de ellas- con el puto boli de los cojones y consiguiente clic.
Que ninguna de ellas se quedara embarazada aquella tarde fue un milagro más increíble que el de Eneas huyendo de Troya con su padre a hombros.
Y a la pregunta de que, si finalmente llegaron a cobrar nuestros héroes lo que se les adeudaba, la respuesta es no, o sea dos clics, pero la verdad es que tras seis horas follando, Lucio y Claudio dieron por buena la contraprestación y no volvieron a mencionar la deuda.
Clic.
Todos los derechos reservados.
¡La imbatible banda sonora!
Fichas históricas: Messalina







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