USS Cousteau: El incidente Medea III
CONTENIDO ADULTO - PARA MAYORES DE 18 AÑOS
Año 2267.
United Star Ship (NCC-6901-B) Cousteau.
Cuadrante Beta.
El capitán James T. Kock acaba de eyacular generosamente sobre las azuladas tetas y parte del rostro de la joven alférez landoriana Duvall al grito de "Viva la primera directriz" cuando el intercomunicador de su casaca reclama su atención en el puente de mando. Le informan que se están aproximando al destino de su misión, el planeta selvático Medea III.
Se sube los pantalones y, con el deshinchado badajo en claro descenso, suelta finalmente del albino moño a la oficial no sin antes ordenar que le limpie con la lengua los últimos vestigios de la corrida. ¡Un capitán de una nave estelar no puede ir hecho un desastre al cumplimiento de sus obligaciones!
—¡Se ha comportado muy diligentemente con su gigantesca tarea encomendada, pero no ha querido tragarse mi batido de leche —afirma el superior—, ¡solo por eso la voy a descender a cabo primero, Srta. Nyota!
—Pe-pero ¡si soy ya alférez, mi capitán! —protesta la landoriana.
—Sí, lo sé, pero hágame caso, es mejor así. Las obligaciones de los mandos son horrorosas, muy exigentes, pero si sigue en esta línea, pronto la ascenderé a alférez de nuevo. Incluso antes si acepta que le meta hasta los huevos en ese culito azul de pitufo galáctico. Estoy abierto a ambas opciones. Que no se diga que un capitán de la Federación Galáctica está falto de cintura.
—Sí, mi capitán, por supuesto —responde Nyota cegada por la corrida y ciertamente algo molesta que James la hubiese estado agarrando del moño como si estuviera levantando piñas durante toda la paja entre las tetas—, ¿me volverá a visitar más tarde?
Kock niega con la cabeza como una reina ofendida. Esgrime que un oficial como él tiene muchas, muchísimas obligaciones y que se debe a su nave. En realidad, ya tenía como objetivo pasarse por las armas a la teniente de seguridad y jefe táctico, la vulvaniana T’Poya, con la excusa de cómo mejorar los protocolos de seguridad de la nave. Si de algo sabe James T. Kock es cómo penetrar los sistemas de defensa.
Puente de mando de la USS Cousteau.
En el puente de mando, más colorido que una feria de un pueblo, esperan con los brazos recogidos a la espalda, la anteriormente mencionada T’Poya, jefe de seguridad y responsable del análisis lógico y táctico de las misiones; la primera oficial terrestre Wilhelmina Stryker; y el androide sintético Byte, experto en lingüística y razas alienígenas.
En la pantalla central del puente de mando, ante sus ojos, el cadáver cósmico de la nave científica Balthazar Putain flota silenciosamente sobre la órbita del planeta Medea III. El plato principal, típico de las naves de la Federación Galáctica y donde se ubica el puente de mando gira caprichosamente como una peonza alumbrada por uno de los tres soles cercanos. Las secciones que antaño albergaba laboratorios y corredores yacen retorcidas y arrugadas como los apuntes de un escritor sin talento.
—Capitán, nuestros sensores indican que dos cápsulas de escape pudieron ser lanzadas antes de la sorprendente e inesperada explosión de la nave ligera. Suponemos que la tripulación y el personal científico al completo -ocho personas- pudieron abandonar la nave antes de su destrucción —informa Stryker tecleando en una tableta electrónica con su perfecta manicura. Sus prietas tetas se elevan como corchos en el mar cada vez que respira—. Estos datos concuerdan que el último mensaje del capitán Prike. A pesar de las advertencias del capitán advirtiendo que nadie debía ir al rescate de la tripulación para no vulnerar la Primera Directriz, el planeta Medea III no parece hostil, hay pocos asentamientos de seres bípedos y cumple con las condiciones de clase M. Un rescate inteligente no debería comprometer ninguna directriz.
—¡Teniente T’Poya! ¿Existe en este cuadrante algún planeta que no sea de clase M?
—¿Un planeta con condiciones atmosféricas aptas para el ser humano y seres vivos parecidos, de gravedad comparable a la terrestre, temperatura moderada, presencia de agua y un ecosistema abundante? No. —responde la teniente de orejas puntiagudas, semblante impasible y peinado rubio a lo Beatle. Pareciese que hubiese comido de nuevo el palo de una escoba.
«Como no espabile la amiga le tocará comer polla de capitán un día de estos como escarmiento», piensa Kock y asiente.
Ya sabía la respuesta, pero se la pone gorda que su tripulación sepa quién da las órdenes aquí y se pasa el día (si esa medida temporal tuviera sentido en el espacio) poniendo a su equipo constantemente en alerta y trayéndole cafés que no se toma.
«Que se jodan —considera—, que hubiesen estudiado como él en la prestigiosa universidad terrestre de Nueva Salamanca».
—Byte, ¿Cuál es su primera valoración? —pregunta hastiado el capitán obligado por el protocolo a hacer la pregunta. Sabe que la respuesta será una gilipollez supina y de interés nulo. Desde que el androide sufriese una actualización el mes pasado, sus respuestas son más insípidas que chupar un clavo.
—Los escasos datos enviados de la USS Putain antes del incidente indican que la sociedad medeana es matriarcal. Hecho que he podido confirmar analizando los asentamientos analizados. Por un tema evolutivo los varones del planeta -los domositas- parecen adaptarse muchísimo peor a las condiciones de este planeta y viven apartados en un alejado asentamiento al sur —recita sin un atisbo de emoción el androide mientras continúa examinando los imágenes que le van llegando a su tableta de pantalla azulada.
» En cuanto al paradero de la tripulación de la nave científica USS Putain hemos localizado las señales vitales de Prike junto a otros dos integrantes más en el asentamiento del norte regido por la Reina Lucrecia. Suponemos que el resto de la tripulación ha debido perecer tras el impacto. Volviendo a la sociedad matriarcal llama la atención que...
Antes de que pueda continuar, Kock le ha dado la espalda y le indica que su análisis es muy interesante pero que no le interesa entre cero y una puta mierda ahora mismo.
—Bajaremos a echar un vistazo. Preparen un equipo de cinco casacas rojas y que sean mujeres. Usted también me acompañará T’Poya —ordena Kock llevándose la mano al paquete y ajustándose la huevera—. Usted aún muy verde y es hora de que aprenda cómo es una investigación sobre el terreno.
» El puente de mando es suyo, Stryker. Y, por cierto, le vuelvo a recordar que su falda no cumple los estándares de esta nave. Haga el favor, de recortarla al menos cuatro dedos. La palma extendida de mi mano debe caber al menos dos veces por encima de la rodilla -Kock extiende sus dedos sobre el terso muslo de su primer oficial y sin hacer ninguna intención de quitarlos sigue adoctrinando-. No vamos a ponernos ahora exquisitos, ¿verdad? Luego le pasaré revista a usted y a siete miembros al azar. Joder, tengo que estar en todo.
Planeta Medea III.
Tras las imposibilidad de energizarse cerca de la zona de impacto de las cápsulas por inexplicables interferencias de señal, la expedición se teletransporte a una playa cercana y decide seguir desde ahí el surco de árboles calcinados y vegetación destruida dejado tras sí por las vainas de emergencia.
El aire de la selva está impregnado con el olor a tierra mojada mezclado con agridulce sabor de la muerte. La poca luz que se filtra entre las enormes hojas, las retorcidas raíces rompetobillos y el espantoso calor pegajoso desagrada profundamente a Kock. Si lo llega a saber no hubiese bajado al puto planeta.
Al cabo de un rato llegan a la primera cápsula de escape. Vacía.
Veinte minutos más tarde se abre un valle al pie de una montaña con un magnífico y refrescante lago entre columnas de niebla. La vista hubiese sido bucólica si no flotasen a medio hundir los restos de la cápsula restante de la USS Putain como una gigantesco ataúd ennegrecido.
Kock ordena a dos casacas rojas -curiosamente las más tetonas- se desnuden del todo y se acerquen nadando a los restos. A la pregunta de por qué deben despelotarse, Kock las fulmina con la mirada y las amenaza con un severísimo juicio militar por desobediencia y les suelta un perla kockiana de las suyas:
—Así no hay riesgo alguno que se enreden con que sabe Dios lo que hay debajo de estas aguas. El que no marca el paso es que oye otro tambor. ¿Me han entendido, cadetes?
Resignadas a su suerte, sin entender nada de lo que quiso decir su capitán y con la desventaja de no haberse leído nunca el manual de sus derechos y obligaciones militares, las cadetes Dufourquet y Schlampova se adentran en las frías aguas que les pone de inmediato los pezones duros como los dedos de un gorila terralita.
Kork aprovecha que nadie está mirando para vaporizarles la ropa tras un árbol y vuelve al lago.
—Mi capitán, desde que pisamos la orilla del lago nos han estado observando una docena de nativas escondidas entre el follaje —le indica T’Poya con un discreto toque en el hombro al capitán.
» Mi equipo ya ha tomado las medidas necesarias para contener el peligro en caso de ser atacados. Peligro que debería ser mínimo puesto que las observadores nativas están semi desnudas, sus armas son rudimentarias -flechas, lanzas, cerbatanas y hondas- y ellas mismas ruidosas como una manada de bolas tribblees en época de celo.
—Excelente trabajo, oficial. Solo estaba esperando que también usted se diera cuenta —responde Kork que no se había percatado entre destruir la ropa, dejarse los ojos en ver en cueros a las bañistas y meneársela por un agujero del bolsillo del pantalón.
—¿Desea que desarmemos a las nativas y las interrogaremos? —pregunta la vulvaniana llevándose sorprendida la mano al cuello.
—¡No sea una puta angustias! ¿Qué peligro pueden suponer unas asilvestradas a todo un equipo de oficiales bien preparados de la Flota Galáctica? —responde Kock antes de caer desmayado por el proyectil adormecedor de una cerbatana tras la nuca.
Palacio de la Reina Lucrecia.
Dos horas más tarde.
Lo primero que ve Kock al despertarse es el triste y anguloso culo de Christopher Prike.
Después al levantar la vista su campo de visión se agudiza y termina haciéndose una composición de lugar más acertada de lo que tiene delante suya.
Está en el palacio de la reina Lucrecia. Sin rastro ni de T’Poya, Byte o el resto de su equipo.
Sentada en su trono hecho de calaveras y no pocos huesos, la regente, con la mirada fija, observa con curiosidad mientras el encadenado capitán de la USS Putain le repasa vehemente el arbusto cual perro San Bernardo bebiendo agua de un cubo metálico. Cuando la velocidad de lamida no es del agrado de la reina, ésta tira de la cadena y le golpea la cabeza con un mazo para indicarle que se dé más brío.
La regente según los estándares terrestres es un auténtico bellezón exótico de casi dos metros de altura, musculada, de exuberantes pechos y largo pelo revuelto. Sus torneadas piernas podrían partir un coco en cuestión de segundos.
Al lado de la regente Lucrecia, otras dos salvajes de rotundas formas blanden sendas hachas y gruñen acompasadas. Tanto la reina como sus guardias apenas están vestidas con cuatro harapos que dejan mucho a la vista y poco a la imaginación. Su hipnótica desnudez está empezando a darle un problema de cojones a Kock.
Divertida por el poder que ejerce sobre la entrepierna de Kock, Lucrecia se ríe ostentosamente, agarra de la nuca al capitán Prike, lo sepulta entre sus piernas y por ende entre sus gruesos labios íntimos.
El pobre lleva comiendo panocha desde primera hora de la mañana. Sin olvidar los cuatro polvos que se vio obligado a echar a Lucrecia y a sus dos guardias -Minga & Gayolla- tras desayunar cuatro bayas crudas y mal revenidas. Los otros dos supervivientes de su equipo no están mucho mejor y yacen inconscientes, reventados a echar polvos día y noche, en los calabozos del palacio.
Poco después, con un exagerada alarido, la reina se corre en el rostro del capitán de la USS Putain y le pone la cara de eyaculado femenino como si le hubieran echado un cubo de agua encima.
Kock, deslumbrado, se pone en pie, aparta de un puntapié a Prike y se saca la polla. ¿Para qué? Ni él mismo lo sabe aún, pero a falta de palabras, hechos.
La reina se incorpora curiosa y le indica con la mano que se acerque. Apresa el miembro del capitán, manda escupir dos buenos salivazos a sus guardaespaldas sobre la polla de Kock y empieza a masajear el erecto con su ruda y callosa mano de guerrera sin dejar de chillar como una grulla.
—¿A qué no has visto una polla así en tu puta vida? —afirma el oficial con los brazos en jarras eyaculando inesperadamente en la mano de Lucrecia—. Vaya, ¡te juro que solo me pasa contigo!
Que la regente no entienda ni una sola palabra parece importarle poco al capitán Kock.
El carraspeo de T’Poya deshace el sutil intento de seducción del capitán.
—Mi capitán, lamento interrumpir su negociación con la reina, pero Byte ha descifrado los patrones básicos del idioma medeano y tras aclarar ciertos malentendidos con la camarlengo de la reina, tenemos una idea clara de cómo podemos rescatar a la tripulación varada, salir del planeta y esquivar quebrantar la primera directriz.
—¿Dónde cojones estabas todo el tiempo?
La vulvaniana le responde que escasos metros de él junto al androide -no le vio puesto que la iluminación de la sala es ciertamente una mierda- y al resto del equipo de exploración. Todos han visto como se ha sacado el rabo y su posterior lastimosa corrida.
T’Poya le responde igualmente que nunca estuvieron en peligro y que solo fueron narcotizados para salvaguardar la ubicación secreta del palacio.
—Cosa totalmente innecesaria puesto que los sensores de la Cousteau eso ya lo sabían —sentencia T’Poya—. Miedos injustificados de seres salvajes y primitivos.
Byte interrumpe la puesta al día entre los oficiales para pedirle permiso a la reina y continuar con las condiciones de la regente.
—La Reina Lucrecia aceptará que los tres supervivientes del USS Putain se marche sin daño alguno a cambio de que un campeón -elegido por usted como oficial presente de más alto rango- participe mañana en su sagrado ritual anual —recita monótono Byte con los ojos fijos en Kock—. Se trata de un liturgia de apareamiento de un ciclo lunar al completo (unas seis horas medeanas) dónde el elegido deberá yacer de forma interrumpida con tres de...
—Ya lo he pillado, Byte —interrumpe altivo Kock— ¿Tres? ¿Durante seis horas? Pan comido. Como quitarle un caramelo a un niño manco luklaniano. Acepto.
—Pero, mi capitán, es mi obligación intentar disuadirle de tal temeridad —recita impasible Byte—. Yo podría ocupar esa tarea. Como sabe mi organismo está perfectamente dotado y capacitado para satisfacer a toda fémina y/o ser de este cuadrante sin...
—¡Gilipolleces! ¡Un capitán se debe a su nave y a su misión! —interrumpe iracundo Kock golpeando con su puño la palma de su mano. Hubiese preferido golpear al androide, pero hubiese quedado feo y fuera de lugar—. Confirme a la reina Lucrecia que mañana asistiré al ritual y que además se llevará una ración extra de zumo de mipalo en la cara como muestra de buena voluntad.
—Entendido —asiente Byte y entrega el mensaje de su sacrificado capitán mientras Kock asiente apretándose repetidas veces el paquete al tiempo que se relame los labios solo con la idea de ponerse las botas a follar con tres exuberantes salvajes. No se podrá preservativo y si las preña, que se jodan todas ellas por incivilizadas y libidinosas.
La reina Lucrecia cuchichea unas pocas palabras con sus lugartenientes sin dejar de hacer exagerados aspavientos para después dar el beneplácito a la elección del campeón de la nave USS Cousteau. De igual modo confirma que tras el ritual liberará a Prike -ya se ha cansado de él- y al resto de los tripulantes de la USS Putain.
—Perfecto —corrobora Kock y se despide de la reina. Inmediatamente después de salir del palacio que por cierto no estaba nada bien escondido, da orden con su comunicador al puente de mando que los transporten a su equipo de vuelta a la nave.
Frunce el ceño al constatar que de que las cadetes Dufourquet y Schlampova ya no estén desnudas y les hayan prestado cuatro harapos de pieles mal remendados.
Nada más energizarse, el capitán de la USS Cousteau observa complacido que su jefe de ingeniería Montgomery "Full Monty" Smutty ha cumplido a rajatabla con las directrices ordenadas y ha despojado a todos los integrantes del equipo de exploración -a excepción suya- de ropa y los ha dejado en pelota picada.
Divertido les hace un chequeo exhaustivo a todas las integrantes para detenerse y comprobar que sus sospechas sobre la felinoide Michurri eran acertadas; lleva alojadas en su velluda vulva una ristra de perlas klingonianas para su goce personal. ¡Pues que se ande con cuidado con las bolitas y con menear el rabo tan lascivamente delante suya! ¡En una de estas le va a levantar esa pizpireta, peludita cola y le va a meter una estocada de otra cola menos hirsuta pero más nervuda!
Si la indignación de Kock no fuera suficiente, otro hecho a continuación le encoleriza sobremanera.
—Haga el favor de taparse, puto cerdo —le grita a Byte indignado al constatar el tamaño del pollón sintético del androide——. ¡No le dará vergüenza!
En un vano intento de desviar la atención del resto del desconcertado equipo femenino en bolas no menciona nada del descomunal arma de Byte.
—¡Tanta polla, tanta polla! —musita enrabietado Kock camino a su camarote con un copia en su tablet de la grabación de la plataforma de teletransportación—. ¿Para qué quiere el imbécil ese tanta polla?
Al día siguiente.
Sala del apareamiento del palacio de la Reina Lucrecia.
El capitán James Tiberius Kock está en la gloria.
Nada le pone más que le vean fornicar y si además si el atontado del polla gorda de Byte tiene que estar presente por temas de traducción, pues mejor. ¡Esto es 100% natural, nene!
No se lo había pasado tan bien desde la última escapada junto con su colega de correrías Benjamin Lafayette Cisco al planeta-resort Risotada, el astro dedicado exclusivamente al placer del sector Bazar. Cuatro días inolvidables que le valieron casi suspender el curso, pero donde se hinchó a follar a costa de gastarse ingentes láminas de latinio robadas a su padre.
Recién bañado dos sacerdotisas desnudas le han conducido a una sala débilmente iluminada con cuatro antorchas mal puestas donde la más tetona de ellas no ha parado de lamerle los huevos y afilarle el lápiz durante casi una hora, deteniéndose siempre unos instantes antes de que el capitán eyaculase. Mientras tanto la otra sacerdotisa no ha cesado en lamerle el ojal y meterle dos dedos al capitán como si le fuera la vida en ello.
—¡Byte, pregunta a la sacerdotisa comeculos esa que se deje de gilipolleces y que se arrime al chuparme el rabo junto a su amiga! Estoy a punto de caramelo, joder. Y pregunta a ver cuándo se va a dignar de una puta vez la reina a pasarse por aquí. ¡Tengo el tricorder a tope de energía!
—Respecto a ese detalle, capitán. Las dos sacerdotisas no le están preparando para la reina sino para sus tres primos; Demetrio, Salustiano y Rogelio.
—¿Qué mierdas estás diciendo, puto androide de los cojones? —responde Kork con el mismo semblante enrabietado de un gato un día de lluvia.
—Lamento decepcionarle mi capitán. La reina Lucrecia nunca le prometió que fuera a tener sexo con ella o fémina alguna. Usted insistió en ofrecerse voluntario. ¿Lo recuerda? Es más, el nombre de asentamiento de los domositas es una variación de sodomitas ¿lo sabía? —informa el androide ajeno a la creciente lividez de su capitán más cercano al color de una nevera por delante que a cualquier otra cosa—. Mire, por ahí vienen ya. El tamaño de sus garrotes es ciertamente espectacular. Ah no, no son garrotes lo que llevan entre manos. Son miembros reproductores gordos y largos como mangas de camisa. ¡Fascinante!
—¡Sácame de aquí, joder! ¡Me van a matar a pollazos!
—Siento comunicarle que usted ayer ordenó vehementemente repetidas veces —Byte subraya y entona el repetidas veces— a la primera oficial Stryker que no se le molestase en ninguna circunstancia hasta pasadas las doce horas del rito.
» ¿Sabía usted que los primos de la reina se reservan todo el año para esta festividad? Normalmente cumplen desganados con sus obligaciones de reproducción de la especie -a ellos les gusta más de hacerlo por el chiquito- y se pusieron muy contentos cuando supieron que un varón tan depilado y masculino como usted se había ofrecido voluntario para que pudieran desfogarse.
—¡Deténgalos joder! —exclama encolerizado Kock con los ojos inyectados en sangre—. ¡Es una orden!
—Sabe que no puedo hacer eso mi capitán. Usted dio su palabra y por lo tanto debe cumplir con su parte como se espera de un oficial de la Flota Galáctica. Si no respetamos nuestra palabra no somos más que un hatajo de bestias salvajes.
» Además, romper el trato supondría un grave insulto a los medeanos y sería poner en riesgo la integridad física de Prike y su tripulación. ¿No es irónico que la palabra Medea sea tan parecida a Menea? Los primos le van a dar un buen meneo, mi capitán.
» Lo que sí puedo hacer es darles un poco de intimidad, capitán. Cerraré la puerta al salir. Disfrute y relajase pensado en su adorable pueblo natal de Riverside, Iowa. Yo, su tripulación y la Flota Galáctica no pueden estar más orgullosos de usted.
Puente de mando de la USS Cousteau.
Seis horas y un algo después.
Sin poder sentarse en su sillón de mando -no lo podrá hacer durante semanas-, el capitán James Tiberius Kock con muy mala cara manda salir la nave del cuadrante a toda velocidad y le cede el mando del puente a su primer oficial Stryker.
A la pregunta de la primera oficial si desea hacer alguna anotación en el cuaderno de bitácora sobre el rito en el participó durante horas para posteriores evaluaciones y estudios, Kock responde con un seco NO y se encamina encogido y tambaleante al turbo ascensor.
El espacio: la última frontera. Estos son los viajes de Nave Estelar Cousteau. Su misión de cinco años: explorar nuevos y extraños mundos, descubrir nuevas formas de vida y nuevas civilizaciones y penetrar allá donde nadie se ha atrevido a hacerlo jamás antes.
¡La USS Cousteau volverá con nuevas aventuras!
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