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Arsène Putain y el falo de cristal (Inspector Arsène Putain II #18)

 EXCLUSIVO PARA MAYORES DE 18 AÑOS


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Las calientes aventuras en Niza del
Inspector Arsène Putain #6

Despacho del comisario Boulard.
Por la mañana.


—¿Qué sabe de la exposición itinerante de objetos del Museo erótico mundial, agente Monet? —pregunta Boulard enseñando dientes y peinándose los escasos pelos con un peine de madera más feo que un selfie con la cámara frontal rota.

—Que fue todo un éxito de público en nuestra ciudad y que en breve se dirigirá a su próximo destino, la ciudad de Ámsterdam —recita más que responde la agente Xanadú Monet. Sostiene en su mano izquierda un cigarrillo y en su derecha el codo del brazo fumador. La ceniza cae aburrida sobre la mesa del comisario.

» A pesar de la notoriedad de la exposición, los objetos mostrados tienen nulo interés para mí y apenas sé nada del cinturón de castidad de Mata-Hari, la silla de mimbre de Emmanuelle, el velo de Sherezade, el Kama Sutra anotado por su autor, el pergamino perdido con la lista de clientes de María Magdalena, el pene con cristales Swarovski...

—Me hago una idea de su "desconocimiento", agente —bufa el comisario—. Tenemos un problema de cojones con la dichosa exposición. Nuestro querido alcalde, Gaspard Le Blanc, solicitó un permiso especial a la empresa organizadora para que el objeto se quedase salvaguardado unos días más en su casa para no sé qué fotos privadas y…

—¡Y el gilipollas se ha cargado esa preciosidad de obra de arte! ¿Es eso? —interrumpe una indignada Xanadú con los ojos abiertos como platos.

—¡Si solo fuera eso! ¡Se lo han robado! Y eso no es lo peor de todo... —asiente abatido Boulard—, a pesar de que las cámaras de seguridad de su casa pudieron grabar el asalto, no podemos involucrar a nuestro departamento de análisis de video por su delicado contenido y las exóticas circunstancias del robo.

» Está al cargo del caso. No escatime en medios para resolver el caso de forma discreta y recuperar la pieza sustraída. Las imágenes de la cinta se seguridad son muy escandalosas y al Museo le estamos dando largas, pero se nos acaba el tiempo. Hay que actuar con celeridad y contundencia ¿Me he explicado con claridad? Tome el USB con el maldito video —le entrega un memoria en forma de llave—. La calidad de video no es excepcional, pero tiene un pista de sonido integrada. Véalo a solas en su domicilio.

Xanadú asiente y le agradece la confianza depositada al comisario. Su superior le ruega que antes de marcharse tenga la delicadeza de traerle un café de máquina. A la señorita de su secretaria ya no hay quién la tosa -y mucho menos meterla mano como hacia antaño- desde que se hiciera con la plaza de garaje del inspector Putain y cumple a rajatabla solo con sus obligaciones.


Domicilio de Xanadú Monet.
Una hora más tarde.

El apartamento de Monet, más alumbrado que un quirófano, se alza en un edificio silencioso de un barrio acomodado de Niza, a pocos pasos del mar. Dentro, todo es funcional; desde los sobrios muebles, los libros de derecho y algunos expedientes apilados con disciplina. Es un hogar pulcro y elegante, algo aburrido a excepción del cuadro de un gato tomando una copa de vino y un zajado póster de la gira europea del grupo pop  "Backdoor Boys".

Xanadú nunca encuentra el tiempo es darle un toque más personal a su vivienda y habituada a la austeridad de detalles y tras dejar a su novio semanas atrás los pocos objetos y la poca decoración que pudiera ser algo más elegante ha terminado alimentados tres grandes bolsas de basura cerca de la puerta de entrada.

Las primeras imágenes del video muestran al barrigudo alcalde repanchingado en el sofá de su casa vestido con un ajustado traje de cuero negro estilo BDSM. Su esposa, Fiona, vestida con un pijama de seda y con los labios rojos como si hubiera estado comiendo cerezas todo el día le masturba desganada mientras lee una revista de moda.

El ángulo de la cámara no permite ver exactamente por donde entran tres encapuchados ocultos con pasamontañas -dos hombres y una mujer- pero en cuestión de segundos consiguen reducir con bridas de plástico una mano del alcalde -crrrec- a una mesa de cristal adornada con rayas de ¿harina? Uno de los criminales inmoviliza a Fiona con otra brida -crrrec- no sin antes tocarle las gordas tetas azabache.

La hampón, que lleva no solo la voz cantante sino también una fusta de doma equina, empella con una de sus botas militares el encanecido pecho de Le Blanc al sofá y lo inmoviliza. El diminuto pene del alcalde se retrae como un caracol asustado por la situación. A pesar de todo lo que pudiese parecer, a Le Blanc en realidad no le gusta la escena sadomasoquista ni el dolor inherente a ella, lo que le gusta es solo el tacto del cuero.

—Alcalde Gaspard Le Blanc. Esto tener muy fácil solución. Tú dar combinación de caja fuerte y nosotros no hacer aua aua—expone la líder los encapuchados mientras golpea de nuevo su fusta con virulencia sobre los huevos del alcalde—. Yo pensar que hombre como tú tener un Volvo entre las piernas y ahora yo ver que solo tener Mini con dos ruedas deshinchadas —continúa la criminal entre risas entrecortadas sin dejar pasar la ocasión de soltarle un fustigazo en las pelotas.

Mientras tanto, uno de los maleantes, el más fornido de ellos, arrastra de la cabellera a la mujer del alcalde hasta un sillón orejero de cuero verde. Ahí se deja caer, se baja la cremallera y saca un gruesa polla achampiñonada de marcadas y palpitantes venas púrpuras. Fiona, de rodillas, frente al erecto nabo y con las manos maniatadas a la espalda entreabre atónita instintivamente los carnosos labios al ver el pollón.

—Como usted ver, tu mujer pronto chupar la polla a mi primo. Depender de tú si querer ver mucha leche en boca de tuya mujer y cuánto tiempo tú poder tolerar aua aua. Nosotros no tener prisa —incide la criminal masajeando con la fusta el escroto del edil y sorprendida que la esposa mulata del alcalde no haya dicho ni  a las condiciones.

Xanadú detiene el video.

—No se va irá a comer ese pedazo de polla de una tacada la puta culigorda de Locarelli, ¿verdad? —balbucea Xanadú estupefacta viendo cómo Fiona empieza a engullir lentamente el hermoso e insolente nardo. Una vez el miembro ha desaparecido al completo en la boca de Fiona, la mulata sacude la cabeza como un perro deshaciéndose de la arena de un hueso. El criminal gime de placer—. Ah, pues sí. ¡Menuda alhaja con dientes!

Durante varios minutos la puesta en escena apenas se modifica. Fiona lamiendo, el alcalde gimoteando, un malhechor de formas afeminadas revolviendo la sala como una adolescente buscando su móvil y la jefa soltando leves fustigazos a los huevos del edil.

—¿Por qué simplemente no le das el código de la caja fuerte? —pregunta Fiona dejando momentáneamente de chupar el venoso miembro del enmascarado—. ¿No ves que te van a terminar dando un ostia? ¿No eres consciente del peligro mortal que corremos? ¿No te das cuenta de lo que me obligan a hacer para salvar nuestras vidas?

—Tienes razón amor, no me perdonaría jamás que te hicieran daño. Me rompe el alma ver cómo estos desalmados abusan de ti y te obligan en contra de tu voluntad. ¡La combinación de la caja fuerte es 050772! —grita enrabietado Gaspard Le Blanc sorprendido del hecho que su amada esposa ya no tenga maniatadas las muñecas. ¿Cómo es posible? Que su mujer siga aserrando el rabo con la mano y mordiendo los gordos testículos velludos al criminal se le pasa por alto.

Velikolépnïy! —responde la mujer del pasamontaña de labios pecaminosos al abrir la caja fuerte, sacar la lujosa polla cubierta de cristales Swarovski y dirigiéndose nuevamente a Le Blanc—. ¿Tú ver como cuando hay voluntad, poder salir bien de cualquier situación desagradable?

El alcalde asiente entre sollozos y les ruega que se marchen ahora que tienen lo que desean.

Contrariado ve como el abusador de su esposa tiene otros planes más inmediatos y se incorpora del sillón orejero, agarra del negro pelo a su Fiona y, entre gruñidos y mentando al Altísimo, eyacula tres-cuatro veces generosas salvas sobre el rostro de la ex modelo de lencería de Valentina's Secret.

Con la cara enharinada, la mulata, ajena a los pesares de su marido, repasa con la lengua el flácido miembro del maleante, succiona las últimas gotas díscolas de esperma del glande cual helado calippo y se lame los dedos satisfecha. Tiene los pezones durísimos.

Electrocutado de placer, con los pantalones de camuflaje en los tobillos, abrasado de calor tras el pasamontañas y sin apenas tenerse en pie del corridón que se acaba de calzar, Nikolai Volkov no sabe ni dónde está ni a que ha venido.

Un fuerte empujón de su prima le trae de regreso al mundo real. Avergonzado se sube de un tirón los pantalones -whup- y sale dando tumbos de la sala junto a su otro familiar de voz afeminada. 

Cierra la comitiva la líder de los malhechores con la demanda al edil que no se mueva ni él ni la puta de su mujer en la próxima hora bajo peligro de represalias no sin antes tropezarse con la alfombra persa y soltar un casi imperceptible ¡Puto Putain!

—Ya he visto suficiente —se convence la agente tras adelantar el video unos minutos más y detiene la reproducción—. Está claro que los ladrones conocen a su compañero y que no le va a quedar más cojones que llamar a Putain para ver si puede identificarlos. Al final siempre le toca tragar con Monsieur polla gorda ¡Joder!


Domicilio de Xanadú Monet.
Una hora más tarde.

—¿A qué viene tanta urgencia? —inquiere el inspector sorbiendo su impertérrito café y planchándose los pantalones con las manos —. Vengo sin desayunar (ya sabemos la clase de desayuno al que se refiere el bueno de Putain ¿verdad?) ¿Qué pasa? Llevo usted una expresión en el rostro como si llevara comiendo lombrices una semana seguida.

—No tengo tiempo para sus torpes y poco acertadas observaciones —responde Xanadú malhumorada—. Hace dos noches tres encapuchados asaltaron la case del alcalde Le Blanc y se llevaron un valioso objeto que en teoría no debía estar ahí. Boulard me asignó el caso, pero desgraciadamente me veo obligada a compartirlo con usted por circunstancias totalmente ajenas a mi voluntad.

—De acuerdo, veamos en qué puedo ayudar —responde Arsène crujiendo los nudillos.

Tras visionar el video, el inspector entrega sus primeras conclusiones:

—Se trata sin duda alguna de la banda de la terrorista Dasha Fedorovich. Reconocería su acento ruso y las formas amaneradas de su hermanito incluso metido en el maletero de un coche a oscuras—confirma Arsène.

Tras la afirmación nuestro inspector se reclina en la silla y tras echar las brazos tras la nuca continua con semblante serio mirando al techo—. Fedorovich no es una ladrona al uso. Este objeto se aparta de su Beuteschema*. Interesante, muy interesante. Déjeme hacer unas llamadas. ¿Puedo salir a su balcón un segundo sin miedo a que me resbale por casualidad y termine estampado calle abajo?

El inspector Putain vuelve al cabo de diez minutos con las manos en los bolsillos y marcando herramienta. Arsène no presumirá de coche, pero el paquete lo lleva siempre bien aparcado. En realidad ha hecho el paripé y ha aprovechado para mandarle una fotopolla a su amiga Rebecca Lomaine.

—Tengo una pista sólida de un potencial comprador del pene; Helena Knox, la dueña de la tienda de objetos y libros eróticos "Lilith" en el barrio alemán de Estrasburgo. En los mentideros de Europa es bien conocida por ser intermediaria de este tipo de objetos.

» ¿Ha estado alguna vez en Estrasburgo, agente Monet? Tengo una conocida en la ciudad que nos dejaría pasar varias noches en uno de sus apartamentos. 

—Trasnochar en Estrasburgo... ¿con usted? Claro y para pasar desapercibidos no iríamos a un mundano hotel... que va, iríamos al apartamentito de la colegaCompartiendo una minúscula cama ¿verdad? ¿Voy bien? —vocifera una indignada Xanadú haciendo ostentosos ademanes con los brazos—.  Vamos unas vacaciones de parejita feliz a la Venecia del norte y déjeme ir más allá... la minúscula ducha sólo tendría agua caliente para una vez y nos veríamos obligados a ducharnos juntos, pechito con pechito... ¿es ése su maravilloso plan? ¿Se me ha caído ya el jabón al suelo y estoy adorando las espantosas baldosas con motivos de Bob Esponja a escasos centímetros de la puta cara mientras me mete un pollazo ensordecedor o eso ya viene después?

Em, agente Monet, desearía que tuviera esa misma fantasía desbordante en otros aspec...

—No gracias, Monsieur Putain —interrumpe Xanadú a Arsène más furiosa que una mujer con dos yernos—, me quedaré en Niza y exploraré otras líneas de investigación menos fantasiosas y más verosímiles que sus corazonadas. ¿Estrasburgo? Habrase visto. No vaya de listo, el caso me lo han asignado a MI y usted solo está dentro por una frase a destiempo de uno de los sospechosos. 

» Usted me informará puntual y detalladamente cada noche antes de irse a dormir de lo que ha averiguado y no se apuntará ningún tanto a espaldas mías ¿Nos hemos entendido?

—Perfectamente. Una única duda ¿La tengo que llamar necesariamente desde la cama o puede ser cualquier otro sitio? ¿A qué se refiere exactamente con antes de irse a dormir?

Arggghhh, es usted imposible. Váyase hoy mismo, a un hotel, al apartamento de su coleguita rave o a tomar por culo, pero desaparezca de mi vista. ¡Y deje de mirarme las tetas, pedazo de sátiro enfermo! ¡Cierre la puerta al salir con fuerza -la tengo un poco descojonada- y llévese de paso las bolsas de basura, Romeo!

*Término alemán que se podría traducir al español como patrón de presa, modelo de presa o tipo de presa preferido.
 

Estrasburgo. Dos días después. A última hora de la tarde.
Tienda de objetos eróticos Lilith.

El escaparate de la tienda de objetos eróticos emite una tenue luz ámbar y su discreta puerta poco indica de los extraordinarios objetos que ahí se comercializan. Cierto es que al estar apartada de las calles principales, en un callejón estrecho y casi olvidado de Estrasburgo apenas nadie sabe de su existencia.

Dentro, el aire huele a madera vieja, cuero y un perfume dulzón que parece fuera de época. Su dueña Helena Knox despide a una pareja de japoneses cargados de bolsas antes de dirigirse a Putain.

—Que placer volver a verle mein lieber —saluda Helena Knox rozando las mejillas del inspector con dos decorosos besos—. Bienvenido a mi humilde local. ¿Ha sido mi modesto apartamento de tu agrado? Sé que como buen connoisseur usted no se conforma con cualquier cosa.

—Está perfecto, muy céntrico. Frau Knox, está usted tan espectacular y exuberante como siempre. ¿Recuerda nuestro acuerdo de hace algunos años en Le Mont Saint Michel? —interrumpe el inspector parando las zalamerías en seco, aunque es cierto que Knox siempre ha tenido un buen viaje en la noria—. ¿Nada de operar en Francia?

La mirada de Helena Alexandra Knox es directa, seria, casi desafiante. Es la mirada de una mujer madura que nunca ha tenido tiempo para andarse por las ramas ni perder el tiempo con hombre poco interesantes.

Sus rasgos faciales son, a pesar de su gélida expresión, suaves y sus labios prometen y entregan a partes iguales problemas de los serios. Tiene el cabello recogido de manera informal con mechones sueltos que enmarcan una mujer de complexión voluptuosa. Se ha quitado las gafas y mordisquea sensualmente una de las patillas que le otorgan -nunca las ha necesitado en realidad- una imagen académica e intelectual. Viste una chaqueta azul claro abierta, debajo de la cual asoma una lencería clara de encaje que aprisiona unas tetas con código postal propio.

—Recuerdo el polvo que me echó en la boda de mi madre y cómo estuve una semana sin poder sentarme... ¿Niza está en Francia? Vaya, la geografía nunca fue mi fuerte —se disculpa Helena y cuelga el cartel de cerrado en la puerta de la tienda e indica a su delgaducha y jovencísima ayudante de 1,60 metros que prepare café—. ¿Me perdonará?

—Depende ¿me devolverá el pene sustraído?

—¿Después de todo lo que me ha costado hacerme con él? No, mein lieber. Así por las buenas desde luego que no. Soy una profesional y me debo a mis Kunden. ¿Qué les diría? ¿Qué he sido incapaz de cumplir mi parte del trato? Eso sería una Schande.

—Agradezco que no se vaya por las ramas negando lo evidente—responde Putain besándola una mano. Tiene una erección del quince viendo a Knox y a la hermosura de su ayudante por el rabillo del ojo—. Aún no se ha dado a conocer el robo. Y conociéndola estoy seguro de que no le ha dado a su cliente el parabién del robo sin tener el objeto bien amarrado a sus deliciosos pechos. Visto de ese modo usted no ha incumplido aún trato alguno y podría declinar el trabajo. 

—Me conoce demasiado bien y eso me divierte y me indigna a partes iguales. Supongamos -solo supongamos- que le hago entrega del pene Swarovski. ¿Qué me llevo yo después de haberme gastado un dineral? No soy una beneficencia. Tengo muchísimos gastos. 

» ¿Ha visto a mi bobalicona ayudante, Fräulein Wagner? Sissi acaba de cumplir la mayoría de edad el pasado lunes. Mírela bien, si apenas ha echado tetas ni culo. Está empezando en el negocio y no me puedo permitir darle una mala imagen. ¿Qué garantías me va a poder dar para qué este incidente no lastime mi reputación ni tenga daños colaterales?

Sissi, con los ojos como platos y sin hacer el café ordenado, hace como si desempolvara una estantería repleta de los miembros masculinos marmóreos de estatuas cercenados de la época más conservadora del Vaticano.

—Seguro que podemos llegar a un acuerdo que nos beneficie a los tres —responde Putain doblando su abrigo sobre una silla y bajándose la cremallera.

30 minutos más tarde.

—¡Recuerda Sissi este momento, recuérdalo bien, joder! Este polvo me sale a más de 50.000€ que es lo que está valorado el maldito pene de Swarovski más mis gastos de gestión ¡Para que luego digan que Helena Knox no es generosa! Deberías estarme muy agradecida.

Aber, aber es a usted a quién se está follando Herr Putain —corrige Sissi orgasmada cuyas coletas no paran de golpear sus mejillas como un tambor sonajero japonés Den Den Daiko. ¿Quién le iba a decir a ella que se levantaría esta mañana virgen y que terminaría desflorada en un inesperado pero muy placentero ménage-à-trois?

—¡Calla du blöde Fotze! —sermonea Helena dando otro golpe de cadera y hundiendo el consolador favorito de Anaïs Nin hasta la empuñadura en el fosco vello púbico moreno de su pálida ayudante—. ¡A ver si ahora la puta de la niña quiere llegar la última y llevarse el premio gordo la primera!

La escena no podría ser más exótica. 

La menuda señorita Wagner con sus piernas en alto siendo penetrada de forma frontal sin piedad por una polla enorme de plástico anudada al cinto de su jefa. Knox siendo follada al mismo tiempo por la retaguardia por nuestro intachable inspector -que solo calza las botas de cuero de Rodolfo Valentino que se ha agenciado de una estantería- que a su vez tiene bien amarrados los delicados tobillos de la joven Sissi. Por su parte Helena con el brazo vuelto hacia atrás tamborilea sobre el paquete testicular depilado e hinchado de buenas intenciones del bueno de Putain.

Una imagen gloriosa, poderosa y gracias al principio de la neurociencia donde el cerebro es capaz de incorporar herramientas externas como si fueran parte del cuerpo, Putain al penetrar a Knox siente como si embistiera al mismo tiempo a la ayudante de Helena. ¡Una sensación de placer indescriptible! ¡Dos mujeres ensartadas al unísono por el rabo de cincuenta centímetros del fauno de Putain!

El inspector continúa pegando pollazos demoledores al ancho trasero PAWG de la dueña de la tienda de objetos eróticos y con cada estocada desplaza olas de grasa subcutánea del culo de Knox hasta su cintura. A pesar de que Helena ya lleve metido una corrida antológica desde hace un rato en el asterisco, nuestro inspector nunca ha echado menos de dos polvos desde los catorce años y hoy no va a ser menos. Esta noche... carricoche.

Siente el chiquito de Knox contraerse y retraerse en intervalos cada vez más cortos y tras embestir cada vez con más virulencia los cachetes de la alsaciana, confirma que la merchante se vuelve a correr acompañando esta vez su clímax junto a un larguísimo insulto en alemán.

Con el deber cumplido, ahora sí Putain retira su colosal miembro encajado del ojo ciego de Helena con un sonoro plop. Su polla cae unos instantes cual badajo salivado con el esperma de la eyaculación anterior para volver a alzarse orgullosa y con más ganas de contienda franco-teutona.

La estrasburguesa se incorpora y empuña su polla de plástico como quién descarga una escopeta recortada, activa el modo eyaculación de su consolador y simula una corrida -unas salvas lastimosas de cálido liquido blanquecino- sobre el abdomen de su ayudante. Una ridiculez acostumbrada a las explosiones atómicas destructoras de planetas enteros de esperma de Putain. 

El inspector descabalga a Knox de encima de su ayudante con un cachete en su enrojecido culo y tras leer en la mirada a Sissi de que aquí follamos todos o la puta al rio, puntea primero con el ciruelo el estrechísimo sexo de la joven para después introducir sin prisa, pero sin pausa -zup- sus gloriosos 25 centímetros de palpitante masculinidad al completo. Con cada centímetro ensartado más abre los ojos la buena de Sissi ¡Qué maravilloso es el principio de causalidad!

Wagner jodida -física y mentalmente- solo puede morderse las coletas para no chillar de placer. ¡Esto ya es otra cosa! ¿Dónde va a parar una polla de plástico con la virilidad pétrea, nudosa y ardiente de un hombre, de un espécimen como Arsène?

La hija del profesor universitario estará un poco verde en las lides del amor, pero sabe perfectamente cuando una polla palpitante está a punto de estallar y rendir Kleberplatz. ¡Anda que no ha hecho pajas a dos manos a sus compañeros de clase de la Université de Strasbourg!

Putain retira su nardo, agarra a la desfondada Helena del pescuezo y le indica que pase a afilarle el mástil con la lengua. Pocos minutos después se corre en primera instancia -y con más salero que el afamado héroe Siegfried de los Nibelungos deshaciéndose de dragones- sobre el breve pecho, los hombros y las coletas de la hija del señor Wagner para seguir disparando ráfagas de amor sobre un catálogo de objetos hinchadísimo de precio.

—Me encanta Estrasburgo —confiesa Putain aplicando las últimas gotas de su violáceo glande sobre el culo de Knox y decidido a empezar a lamer a continuación al staff al completo del local como demanda la guía Knigge de buenos modales y etiqueta germana.

Sissi hace honor a su nombre y abre las piernas para ser la primera en disfrutar de la diabólica lengua del inspector. ¿Y Helena? Buscando sus bragas que misteriosamente han desaparecido de la escena del crimen. Desesperada por el nulo éxito de su búsqueda, se sirve una copa mientras Putain audita a su ayudante.

Epílogo. Un día después.
Tienda de objetos eróticos Lilith.

—¿Y bien? ¿Puto inspector picar anzuelo? —pregunta intrigada Dasha Fedorovich.

—Sí, todo ha quedado grabado y me consta que el inspector lleva el pene Swarovski de regreso a Niza—asegura Helena Knox—. ¿Estamos en paz puta loca?

Da! —asiente la criminal y se marcha del local destrozando con su áspera y aguardentosa voz el éxito inmortal de Edith Piaf Non, Je Ne Regrette Rien.

Sumamente excitada por el devenir de los hechos y de lo bien que le están saliendo los planes, Dasha no descarta darse un impúdico homenaje y masturbarse en un baño público (el de un McDowalds podría valerle perfectamente) con una foto enrollada del inspector y eyacular vengativamente sobre ella. Que se joda.

Pronto, muy pronto asestará al inspector el coup de grâce a manos de la persona que menos se espera...

¡Continuará!


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¡La imbatible banda sonora!

Edith Piaf - Non, Je Ne Regrette Rien.


No te pierdas las primeras aventuras del intachable inspector Arsène Tiberius Putain bajo el siguiente enlace o en su libro recopilatorio.


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