El complejo de Calígula (Especial mitología clásica)
EXCLUSIVO PARA MAYORES DE 18 AÑOS
Primera parte de dos
—¿Podría decirme desde qué momento comenzaron sus evidentes problemas de erección, señor Montoya? —interroga con voz desganada la ilustre psiquiatra y sexóloga Verónica Freud-Petrakis accionando su grabadora de voz—, o dicho de otro modo, ¿Desde cuándo ha notado dificultades para lograr o mantener la erección?
—En realidad, yo... —responde sorprendido Claudio.
—¡El complejo de Calígula, de manual! No me cabe la menor duda —resuelve la licenciada con un largo suspiro haciendo campana con los dedos y harta de diagnosticar lo obvio.
Señala, quitándose las gafas y usándolas como puntero, una estantería a rebosar del mismo libro -el suyo-. Rompen la uniformidad de la exposición de los libros sin abrir, un catálogo de moquetas y dos guía de la Alcarria—. Los síntomas no admiten otra interpretación, los reconozco a la primera. ¡Cada vez son más comunes!
» Usted, un vil enfermo patológico, se pasa los días y las noches demandando extravagancias sexuales extremas a sus parejas, perdiendo interés cuando sus partenaires no pueden o no quieren llegar a esos falsos ideales eróticos que su constante visionado del porno más agresivo (sin olvidar la continua escucha del martilleo del reggateón más infame) ha inculcado en su desorientada y muy mala cabeza. ¿He mencionado que el K-pop también tiene mucha culpa? ¡Mucha, más de la que se cree la sociedad!
» Sus relaciones son intensas pero efímeras. Incapaz de cumplir sus impías fantasías, su cuerpo se estresa cada vez más el intentar mantener relaciones sexuales. Esta insoportable ansiedad le impide disfrutar de una erección medio digna la mayoría de las veces. Solo encuentra cierta calma sexual en un mundo idealizado como el Alto Imperio Romano. Incomprendido como el emperador Gaius Julius Caesar Germanicus alias Calígula, reducido a ser recordado únicamente por sus depravadas perversiones tocando la lira - ¿o era ese Nerón?¿qué más da! - es su caso una metáfora indiscutible del poder y el deseo carnal insatisfecho. ¡Está muy claro! ¡Clarinete! ¡Qué digo yo, Larinete!
» Levántese y siéntase en la camilla del fondo —ordena enérgica agitando la mano como si despachara una molesta mosca—. Bájese los pantalones y los calzoncillos por debajo de los testículos. Le rogaría que la próximamente vez que viniese a consulta viniese vestido de calle y no de trabajo, con ese grasiento mono de mecánico. Esta clínica y yo tenemos una reputación que salvaguardar. ¡Esto no es el Café "Budapest Mete-Saca" de las rumanas calle abajo!
Claudio, sin poder mediar palabra, se apoya contra la camilla y se baja diligentemente las prendas indicadas. Su pene se alza como un puente levadizo. Vigoroso como un árbol. Hermoso como un día de sol por la mañana.
—¡Por Dios! ¿No le dará vergüenza presentarse con un miembro como la manga de un abrigo en mi consulta? ¡No me extraña que no consiga una erección ni medio normal! —exclama la psiquiatra quitándose las gafas de nuevo, mientras se arrodilla y empieza examinando con unos guantes de látex los hinchados huevos—. ¿Desde cuándo tiene usted esto así, tan gordo, tan... hermoso... digo tan hinchado? ¡Está usted muy enfermo, enfermísimo! ¡Se nota por el extremo calor que desprenden estos divinos y caligulescos testículos!
Con la expresión de estar observando una radiografía nada halagüeña, la doctora masajea los huevos, para intentar diagnosticar el remedio contra la terrible enfermedad que aqueja a Claudio. El hombre lo único que tiene es una erección de órdago al ver a la joven psiquiatra, de rodillas, con su cabello anudada en una graciosa coleta, a escasos centímetros de su rabo diciendo gilipolleces y haciéndose la lista.
Incluso, en un momento dado, la galena se apoya el venoso miembro contra una de sus mejilla para comprobar la temperatura febril. Suave y perfumada piel contra venoso y duro rabo.
El mecánico, no puede aguantar sus suaves manos acariciando sus pelotas -ella lleva ya sus buenos diez minutos- y sucumbe al demorado placer.
—Yo... no puedo aguantar más. Llevo ya un rato pensando en mis abuelos follando para que se me baje, pero ni así. Yo... me corro, ¡joder! —chilla mientras se agarra el mástil con una mano.
Eyacula vigorosamente en la cara de la joven que, al percatarse de la explosión, intenta proteger su rostro parapetándose inútilmente tras su minúscula grabadora, pero sin evitar, en un acto reflejo, abrir la boca y sacar la lengua.
Las salvas de leche la pringan las mejillas; una, dos, tres, incluso cuatro veces hasta que finalizan con un largo suspiro de Claudio.
—¡Esto... esto ha sido muy inesperado! Yo... yo... ¡mierda! ¡Me ha dejado perdida toda la cara! Márchese ahora mismo de mi consulta y agende una cita dentro de tres días con mi recepcionista. Evidentemente, esto no es muy profesional, pero me debo a mi juramento putocrático, digo hipocrático y debo terminar de pulir el tratamiento para curar su mal, —continúa la doctora aseándose con unas toallitas húmedas— que evidentemente no es que usted se corra en mi cara como un oso.
—Sí señora doctora. Lo que usted estime necesario. Estoy en sus manos y... muy enfermo —replica Claudio recogiendo su -ahora sí- deshinchada herramienta sin dejar de pensar en su queridísimo hermano Lucio maldecido por la misma vil enfermedad que es tenerla más dura que el corazón de un prestamista.
Taller Hermanos Modorros.
Media hora más tarde.
—¿Te han pagado, bro? —pregunta Lucio súper atareado intentando cuadrar la contabilidad sin levantar la vista. A este paso, a sus amigas deben empezar a cobrarlas en metálico en lugar de en especie si no quieren cerrar el taller a finales del trimestre.
—¡Qué va! —responde abatido Claudio. Se sirve un vaso de agua y se entretiene un rato largo disfrutando del calendario de pared y las redondeces de la señorita Marzo antes de continuar—. Me ha pegado una chapa de una hora pensado que era uno de sus pacientes. Ni me ha reconocido. Dice que vuelva en tres días y que hablaremos de los traumas que me impiden que se me ponga más dura que una empanada de escombro.
Lucio no puede evitar soltar una carcajada y afirmar con vehemencia que el Mal que ha castigado a su familia desde cientos de siglos, desde incluso antes de la época de los dinosaurios, no ha sido precisamente no tener la morcilla como una manga pastelera ni la falta de erección.
Decían que el abuelo Esteban, en sus años mozos, partía la leña en pelotas y a pollazo limpio. Afirmaban que durante diez años la santa de la abuela Tomasa encadenaba un embarazo tras otro y que se escondía durante horas en cuanto llegaba el patriarca a casa.
—Mañana voy yo a cobrar la factura. Eres demasiado bueno Claudio. No tendrías que haberle entregado las llaves del coche a la morenita de melenita corta sin que te hubieran pagado antes. La gente es muy lista y se aprovechan de ti —sentencia Lucio—. Se va a enterar la doctora esa cómo se las gastan los gemelos. ¡Vaya que sí!
Los gemelos, tras llevarse las manos cada uno de ellos primero a la huevera y después a la cadera, terminan a risotada limpia mejor acompasados que una máquina de coser.
Tras secarse las lágrimas de la risa, Claudio respira aliviado. Su hermano le tiene un poco confundido. ¿Por qué afirma tan vehemente que la morena doctora tiene una melenita corta cuando está claro larinete que lo tiene largo y recogido en una coleta? Si por poco no se limpió el cimbel con el cabello. En realidad, da igual, su hermano nunca fue la vela más vistosa de la tarta.
Consulta de la doctora Freud-Petrakis.
Última hora de la tarde del día siguiente.
Más tarde de lo esperado, y con el consultorio de la doctora Freud a punto de cerrar, Lucio se sienta en la consulta semi vacía con la esperanza de aun poder ser atendido.
A pesar, de que la sala de espera es sobria, iluminada con una luz cálida e invita al relajamiento de los importantes pesares que ahí se tratan, el ambiente es de tensa espera. El silencio solo lo rompe ocasionalmente el carraspeo de una vieja con aspecto de cacatúa haciendo calceta y los sensuales suspiros de una contundente rubia de pelo largo jugando con su pelo.
Pudiendo elegir asiento, Lucio opta por sentarse en el mismo y estrecho sofá de dos plazas de la rubia cañón de generosas caderas y dueña de un trasero que pocas veces ha pasado hambre. Y Lucio sabe de qué habla, él que ha tocado más culos que los caballos de un tiovivo.
No han transcurrido ni treinta segundos, cuando la mujer pasa a la acción y le tiende la mano a Lucio.
—Hola, me llamo Marina. Encantada. Dice la doctora Freud que tengo síndrome agudizado de Messalina —continúa la joven mientras se hace un tirabuzón en el pelo con el dedo. Yo creo que no, lo que yo tengo son muchas fantasías sexuales. Y voy a cumplirlas todas.
» Tenía la fantasía que me follaran los amigos de mi marido en mi boda, que me penetrara un negro, el marido de mi tía, cosas así. Cosas normales. Sencillas y todas cumplidas.
—Eh, hola, Lucio Montoya. Igual gusto— acierta al borde del tartamudeo nuestro amado mecánico.
Tras mirar de reojo y confirmar que a cacatúa sigue ensimismada con los calcetines más feos que han visto la luz en décadas, Marina continúa su introducción con voz melosa.
—Me encantan cumplir fantasías, ¿sabes Lucio? ¿Quieres saber cuál es la última que tengo? —le susurra Marina al oído. Que me follen en la sala de espera de una consulta, con el riesgo de que me puedan pillar, intentando no gritar mucho mientras un desconocido me mete hasta los huevos. ¿Crees que soy una viciosa?
—¡Para nada! ¡Hay que disfrutar de la vida! —sentencia Lucio sintiendo la mano de Marina acercándose vez más cerca de su tensionada entrepierna. Al sentir su calor, Lucio no puede evitar que le palpite el troncho como una locomotora averiada. Y es que al miembro del amigo nunca ha sido de rogar. ¿Qué tipo de mecánico sería si no tuviera siempre las herramientas a mano? ¡Una vergüenza para el gremio es lo que sería!
—Yo creo deberías enseñarme ya ese rabo que tal mal escondes —asegura en voz baja Marina mientras le desbrocha la bragueta al amparo de la revista de aguerridos bikers "Jarra y Pedal" y escupe en la palma de su mano. La gorda verga del sufrido Lucio sale disparada como un muelle y sólo le hace falta hacer boing como si fuera un dibujo animado. Después con la polla de Lucio atesorada en su mano lubricada como un jarrón chino, empieza a masturbar el falo lentamente como una buena chica católica falta de otras opciones para satisfacer a su novio antes del matrimonio.
—Pues yo... he venido a cobrar una factura pendiente... de mi ta-ta-taller y ya ves cómo está de maaaaaaal la cosa. Hay mucha crisis y... esperando estoy a... cobrar —resopla Lucio que mucho se teme que cómo siga Marina apresando, soltando y volviendo a ahogar su sufrido miembro, se va a llevar la treintañera una buena carga de líquido de (desen)freno de un momento a otro.
—Sabes, señor cigüeñal, yo sé más de pollas que todos los avicultores de España juntos. más que lo doctora y todos sus papelitos enmarcados y libritos escritos—, musita la rubia levantando la revista -se cerciora antes que la vieja no esté mirando- para dejar deslizar una largo salivado hilo sobre el abultado glande del aprietatuercas—. ¿Eres un mecánico de los buenos o eres uno de esos que lo dejan a una toda pringada y a medias?
Lucio le responde muy digno que la mera pregunta es una ofensa, cuyo gremio tiene una muy mala e inmerecida fama y que su taller no hay cliente que se vaya insatisfecha del trato dispensado ni de las múltiples opciones de pago.
—Por fin un profesional que sabe poner como llevar a cabo una puesta a punto. Estos bajos necesitan un buen petroleado —desafía Marina deteniendo en seco la majestuosa paja y mostrándole unas braguitas negras de encaje más calientes y húmedas que una sauna con las puertas cerradas—. Hasta que nos toque el turno de entrar en consulta, seguro que puedes pasarme tres o cuatro veces la ITV. En un rato entra la puta cacatúa a ver a la doctora y nos quedamos solos ¿Qué me dices campeón? ¿Podrás cumplir la fantasía de esta niña buena y desamparada? ¿Podrás echarme dos sin sacarla? ¿O eres muy pequeñito para jugar en las ligas mayores?
En ese mismo instante, Vanessa Freud abre la puerta del despacho y indica a la vieja que la doctora le atenderá en un instante. Al reconocer a Lucio, le implora con ojos de gacela degollada que lamenta la espera y le exhorta a pasarse el lunes a cobrar puesto que han tenido un problema contable con el banco.
En cuanto a la señora Marina, le ruega que tenga un pelín más de paciencia y que no olvide repasar los ejercicios de respiración indicados días atrás por la doctora. Ella asiente como una diligente niña respondiendo que no pasa nada y que está bien atendida.
Nada más cerrarse la puerta, el mecánico no puede evitar eyacular como un titán sobre el sofá, el interior del bolso de la vieja, las madejas de lana y una estantería a rebosar de flyers sobre la impotencia eréctil.
—¡Niño malo!¡Malo, malo! —recrimina Marina golpeando varias veces la punta del chorreante rabo con su perfecta manicura de uñas francesas.
La ocasión la pintan calva (como su polla), herido en su orgullos profesional y Lucio empieza a comerle el conejo a Marina como si no hubiese un mañana. Como un cerdo buscando trufas. Como un perro frotándose el hocico en un arenero. ¿Habéis cogido la idea, no? Su sexo huele profunda y embriagadoramente al exquisito y carísimo perfume Jasmin Des Potorros. Tras llevarla al borde del éxtasis a lametazo vivo, retira su boca y sin pasar por la casilla de salida le clava la primera de las muchas estocadas demoledoras que la sufrida rubia se llevó puestas de esa tarde noche.
—Puto mecánico, cabrón hijo de mil putas, sigue follándome, cumple con mis fantasías o te denuncio a la OMIC, a la Dirección General de Consumo, a todas las asociaciones habidas y por haber y hasta al AMPA* del colegio de los hijos de mis vecinos! Finiquita mi fantasía a pollazo limpio, pedazo de mierda pinchada en un palo, ¡pétame el culo de una puta vez, so mierda —atina a balbucear extasiada Marina los escasos momentos donde no se está mordiendo el puño de placer.
Lucio cambia de orificio y la penetra salvajemente por la puerta trasera. Ella chilla de placer, él sufre para no correrse como un adolescente.
—¡Te voy a echar dos sin sacarla, cacho puta! —amenaza Lucio con poca fe, pero muchas ganas.
Se inclina sobre su cuello, mordisqueando sus hombros, tirándola del pelo... sin parar de penetrarla... ¡Plop-plop-plop!
Es ahí cuando se corren por segunda vez al unísono. Pero Lucio es un señor, no un puto niño, de los que no quedan, y sigue percutiendo sin sacarla. Aplica estoicamente la misma norma que cuando da un presupuesto cerrado en su taller. Lo que se dice, se hace.
Tras varios minutos, Lucio saca su venoso rabo y lo apoya entre los deliciosos y sudados cachetes. Con varios restregones entre ellos, termina eyaculando otra vez generosamente sobre la espalda de la imponente rubia mientras se agarra a las caderas como el último superviviente del Titanic a la boya de salvamento. ¿Qué le importará a él si en realidad fue ese o su barco gemelo el Olympic el que se hundió en un fraude de seguros según las teorías conspiranoicas? Lo único que es seguro aquí y ahora es el corridón que le ha metido a la rubia. Lucio está a punto de un micro infarto. ¡Madre mía, cómo está la rubia!
Marina acompaña su orgasmo con un satisfecho ronroneo.
—Bueno, bueno, se nos ha hecho mayor el niño —afirma Marina mirando por encima de su hombro. Al final, has tenido que correrte fuera, no has aguantado hacerlo dentro de mi estrecho coñito, pero, en fin, no se lo diré a tu papá. Será nuestro secreto.
Un detalle, sin embargo, carcome a Lucio entre demoledor polvo y polvo. ¿Por qué la la morena de la consulta se nombraba en tercera persona? Sabía que los médicos eran bichos raros pero esa nota de soberbia no le encaja para nada en su esquema.
¡Continuará en "El sindrome de Messalina"!
* Oficina Municipal de Información al consumidor.
** Asociación de madres y padres de Alumnos.
Todos los derechos reservados.





Comentarios
Publicar un comentario