Cuentos licenciosos - El mago de Oz (Segunda parte de dos)
Con las torres de la Ciudad Esmeralda vislumbrándose en el horizonte al final del Camino de Baldosas Amarillas, un rugido ensordecedor rompe la alegre armonía de nuestra comitiva.
—Marcharos de mis dominios, —ruge la voz desde el bosque revelando la imponente figura de casi dos metros de un león irguiéndose a dos patas — ¡u os jodo pá vino*!
—Pero ¿quién cojones te crees tú para asustarme así a mi pobre Pototo? —grita Dorothy y se planta delante del león y sin mediar palabra le suelta un sonoro bofetón -buumm- en el hocico cuya sonoridad hubiese hecho palidecer de envidia a Bud Spencer. Para repartir hostias sin avisar y sin que nadie se la pida, la muchacha de Kansas siempre ha tenido buena mano.
El león desarmado por la violencia del correctivo se viene abajo y agarrado al pico de la falda de Dorothy se echa a llorar como alma en pena.
—Disculpadme bella señorita. Soy un mierda. No valgo ni para hacer sombra sin asustarme. Os ruego que no me matéis ni me folléis -bueno si queréis, eso sí- y me dejéis acompañaros a la Ciudad Esmeralda. Por qué os encamináis ahí ¿verdad?
La señorita Gale asiente mientras intenta apartar -en vano- el hocico de la bestia metido debajo de su falda y olisqueando su sexo. ¡Gato malo!, le regaña pero con poca convicción.
—¡No os defraudaré amigos míos y entregaré mi vida por protegeros! —asevera la bestia peluda y se incorpora con el hocico mojado —. Le tengo miedo a casi todo, pero seguro que el mago de Oz puede ayudarme a no arrugarme cada dos por tres dándome un dosis extra de valor.
Complacida por la propuesta de un amigo más, Dorothy presenta al Espantapájaros y al Hombre de Hojalata. Después señala a su tembloroso perrito, que todavía no se ha repuesto del susto -hasta se ha hecho sus necesidades encima- y, por último, se presenta a sí misma girando sobre sí al más puro estilo de la Wonder Woman televisiva de los años setenta para mayor deleite de los presentes al no llevar bragas.
A la pregunta del león de qué si se pueden comer a Pototo para coger fuerzas para el camino, el cánido responde con un sonoro: ¡Cómete a tu puta madre primero!
Todos se ponen nuevamente en marcha y antes de que termine la mañana llegan a la Ciudad Esmeralda y poco después al palacio de Oz. Ahí les espera la Bruja Buena del Sur que les apremia a entrar a conocer al Mago.
Gigantescas columnas de estilo art déco sostienen la estructura de la enorme sala de techos altísimos y paredes revestidas de un intenso color esmeralda.
Al fondo se alza una gran plataforma coronada por el inmenso rostro de apariencia sobrenatural del regente de Oz de ojos intimidantes y boca gigantesca. Nubes de humo brotan continuamente de rejillas ocultas y envuelven la figura en una neblina entre destellos de fuego, chispas y truenos. Vamos que la sala no pasaría una inspección antiincendios ni harta de vino.
—¡Sé muy bien a qué habéis venido! Nada se me escapa, pero he de deciros que el Mago de Oz no regala nada y que antes de poder satisfacer vuestros deseos, debéis cumplir los míos —ruge el rostro con su voz ensordecedora refiriéndose a sí mismo en tercera persona que eso siempre da postín y pone distancia con el vulgo.
—Lo que sea, vuestra Magnificencia —responde Dorothy por todos—. ¿Qué debemos hacer para cumplir sus deseos?
—¡Matad a la insolente Bruja del Oeste cuyos monos voladores llevan sobrevolando la región desde hace días y han puesto todo de mierda que pá qué! ¡Y ahora marcharos y no regreséis sin haber cumplido vuestra misión! ¡He dicho!
Y tras pronunciar estas últimas palabras el desagradable rostro del mago se difumina entre chispazos de colores.
De camino a la salida, Glinda intercepta a Dorothy y le hace entrega de una campanilla.
—¡Cuando Elphaba haya estirado la pata, tintinea la campanilla y os recogeré! No puedo ser de la partida porque estaría feo que me relacionaran con la muerte de un familiar. ¿Lo entiendes verdad, querida?
Dorothy se encoje los hombros. Esto es peor que Falcon Crest o verse un maratón de películas de Uwe Boll.
La bruja le da un beso en la mejilla antes de marcharse en su escoba y le desea la mayor de las suertes.
*Expresión castellana que equivale a decir: "te voy a dejar como uvas en un lagar", es decir, aplastado, machacado o destrozado.
La bruja derretida.
No han transcurrido ni una hora cuando una bandada de monos voladores apresa a nuestros amigos -con malos modos y peores caras- a las afueras de la Ciudad Esmeralda.
En volandas y en menos de lo que canta un gallo, se encuentra la Comunidad del Potorro en la Fortaleza Negra, ante la malvada Bruja del Oeste, repantigada en su trono mientras devora un calabacín con aparente deleite.
Dorothy tuerce el morro al constatar que la amplia sala del trono de la regente del país de los Winkies, a reventar de estandartes oscuros y mal iluminada por antorchas de fuego verdoso, es un despropósito de las misma índole que presentarse el día de la Madre sin regalo. Solo se salva un gigantesco reloj de arena encantado que por sus dimensiones domina la horrorosa estancia.
—Vaya, vaya... ¿Qué tenemos aquí? —ríe Elphaba a carcajadas—. ¡Zorrothy, sus tres patéticos acompañantes y ese saco de pulgas con patas! ¿El todopoderoso Mago de Oz os ha dado con la puerta en las narices y a merced de mis monos pollones? —dice, fingiendo llorar con unos ridículos pucheritos—. ¡Dadme los zapatos rojos de inmediato y quizás os deje con vida para servirme el resto de vuestros días!
—No tan deprisa, puta arpía —se envalentona Dorothy inclinando el cuerpo como una madre a punto de reprender a un díscolo niño—. ¡Ni tus estúpidos macocos voladores rabigordos nos han atrapado ni el Mago de Oz ha pasado de nuestro culo! ¡Nos hemos entregado libremente y no solo eso, sino que, además, tenemos un trato muy interesante que hacerte aparte de entregarte mis bonicos zapatos carmesís!
—¡Oh! ¿Y ese trato en que consistiría? ¿En dejarme follar entre los cuatro como una perra? ¿Es eso? ¡Lo sabía! —ametralla la Bruja Mala de Oeste restregando su prieto culo respingón contra la entrepierna del León y agarrando del pistón al Hombre de Hojalata. Está la mujer más caliente que el pico de una plancha—. ¿Qué quieres a cambio de los zapatos? ¿Comerme el coño?
—¿Eh? Mira que eres pesada —negocia la muchacha quitándose los zapatos y entregándoselos a la bruja que le falta tiempo para arrancárselos de las manos—. ¡Al fin míos! ¡Joder, que pequeños me están! ¡Qué dolor! ¡Esto es peor que ver un partido del Atletí! —grazna Elphaba tirando la mierda de los tacones escarlatas a una esquina—. ¡A apretar los juanetes a vuestra puta madre!
—El mago de Oz nos ha ordenado matarte.
—¿A polvos?
—No, exactamente —niega con la cabeza Dorothy mirándose la uñas.
—¡Pues se va a joder porque me lo cargaré yo antes! Pero, antes hay otros asuntos más urgentes que atender.
»¡Tú Hombre de chapa saca ese pistón a pasear y menéatela delante mía! ¡Y tú, Espanta grajos ya me estás comiendo el coño —ordena Elphaba ya en tetas— ¡León, acerca ese rabo peludo para que la buena de Mamá pueda darle unas buenas rechupaditas! En cuanto a ti, niña, te toca mirar cómo se juega en las ligas mayores.
»¡Y ni se os ocurra desperdiciar una sola gota de vuestro maravilloso elíxir evitaarrugas! ¡Os corréis encima mía! ¡Bañadme en delicioso, rejuvenecedor y abundante semen! ¡Hombre de paja, a falta de rabo, agarra esa gorda mazorca de maíz sin dejar de lustrarme mi perlita con la insolencia de tu sinhueso!
Al rato, una múltiple orgasmada Elphaba, de rodillas con la lengua extendida y el gorro brujeril a modo de canasta como si fuera a recoger cerezas en el cacereño valle del Jerte espera su ansiado premio.
Satisfecha, desconocedora de su inminente y fatal destino, ronronea con cada eyaculación que alcanza su rostro, estalla entre sus apretados oliváceos pechos de pitones escarlatas, capaces de poder colgar en ellos abrigos mojados, y resbala grumosa sobre sus rodillas.
¿Quién se podía imaginar que la combinación de la paja húmeda del Espantapájaros, la mazorca de maíz, los compuestos nitrogenados del pelaje del León, el hierro oxidado del Hombre de Hojalata y el calor acumulado iban a provocar una reacción química acelerada de un líquido humeante y altamente corrosivo?
Pues (casi) nadie. Más le hubiese valido a Elphaba prestar algo más de atención en la asignatura de Química en la Escuela de Alta Brujería en lugar de ir chupando pollas por ahí como una descosida.
—¡Me derrito, cabrones! —grita iracunda la muy malvada al percatarse de su inevitable destino evaporándose a pasos agigantados entre negras volutas de humo—. ¡Me la habéis liado, joder! ¡Me derritoooooooooooooo!
—¡Que te jodan Elphaba por mala y por muy puta! —escupe Dorothy sobre los restos humeantes de la Bruja, que desprenden un penetrante olor a palomitas de caramelo de un multicines. Esos de los que entras con cien euros y sales con cinco, habiendo visto un rollo e hinchado a refresco de máquina.
Y mientras el Espantapájaros se deshace -whoosh- de la fundida mazorca de maíz tirándola por la ventana de la torre, el Hombre de Hojalata se retrae la herramienta -zip- como un flexómetro y el León se limpia el rabo (el delantero) -tap tap tap- con el mantel de una mesa, Dorothy constata que el huérfano sombrero de hebilla ancha de la malvada junto a zapatos rojos le queda de cojones.
—¡Misión cumplida! ¡Regresemos a la Ciudad Esmeralda, amigos! —exclama la morena muchacha pisando por quinta vez a Pototo que tiene la virtud de estar siempre en el medio y hace sonar la campanilla para que Glinda vaya a por ellos—. ¡El Mago nos debe una recompensa!
Una fuerte carcajada inunda la sala y todos se ponen en marcha cantando.
El mago descubierto.
—Elphaba, la Bruja Mala del Oeste está más tiesa que la mojama. La Bruja Buena del Sur puede dar fe —informa Dorothy al Mago de Oz que no da crédito sus oídos—. Ahora cumpla con su palabra. Regréseme a casa y otórgueles a mis amigos sus deseos.
—¿Cómo sé que no es un ardid, niñita? No serías la primera que quisiera engañarme, seducirme para disfrutar de mi poderosa magia —responde altivo el Mago saliendo tras los cortinajes y revelando un hombre de avanzada edad de pecho hundido, en calzoncillos anchos, ligas elásticas para que no se le caigan los calcetines y apretándose la huevera.
—¿Cómo se atreve a dudar de nosotros? —exclama Dorothy que está bastante hasta el chumino de intrigas palaciegas y sorprendida del colosal tamaño del escroto del mago— ¿Después de todo lo que hemos hecho por usted?
—Uno no llega a regente de un país tan maravilloso como éste siendo un zoquete confiado, mi niña. Pero sí que podrías hacer una última cosa para disipar todas las dudas de este pobre anciano. ¡Bájate las bragas y échate sobre ese alfombra!
Dorothy accede, separa las piernas y deja a la vista de todo Oz un coño fresco y rosadito de ensortijado vello púbico.
—¿Así va bien señor? —pregunta lisonjera la muchacha y se muerde el dedo índice.
El Mago de Oz, desatado por tan espléndido panorama, no se lo piensa dos veces (ni una tampoco) y la embiste como un toro miura.
—¡Tengo novio! —miente Dorothy al tiempo que levanta las caderas para permitir una estocada más profunda.
Calza buena polla el puto viejo. Normal, son muchos años sumergiendo su endurecido nardo en los reparadores fluidos íntimos y balsámicos de las brujis de los cuatro puntos cardinales con falsas promesas de matrimonio.
—Ahora tienes dos —responde el Mago de Oz clavando su nardo hasta hacer tope con los huevos en el sexo fosco de la muchacha. —Qué rica almejita tienes Dorothy. Nada que ver con el conejo desfondado como el saco de un asaltador de caminos de la Bruja del Este.
» Estuve de puta madre al crear un tornado y estamparle una casa encima a Nessarose en cuanto me empezó a dar el coñazo. ¿He dicho esto es voz alta? ¿Qué más da? ¡Toma pollazo puta niña de los cojones! —grita el mago de Oz que gusta -y mucho- de insultar a sus partenaires amorosas durante la copula.
Y finalmente a semejanza del lento silbido de la rueda de una bicicleta al deshincharse el Mago de Oz orgasma lastimosamente sobre el vientre de Dorothy.
—¿Qué miráis gilipollas? —le grita a los compañeros de viaje de Dorothy restregando su carga espermática con la mano abierta sobre las tetas de la anteriormente mencionada y con el peludo culo canoso al aire.
Visiblemente nervioso y estrangulando el gorro de paja entre sus manos el Espantapájaros da un paso al frente y tras buscar la aprobación con la mirada de sus compañeros y de Gilda abre su boca mal zurcida, pero experta y audaz en chupar conejos.
—¿Señor Mago? Nos gustaría que nos recompensara tal como prometió.
—Al grano, coño, que no tengo todo el día ¿No veis que estoy medio infartado? —responde malhumorado Oscar Zoroaster Phadrig Isaac Norman Henkle Emmannuel Ambroise Diggs con el rostro perlado en sudor mientras pone mirando a la kansiana a Cuenca y aserrando su viciosa y cárnica barra de lomo entre los cachetes enrojecidos del trasero de Dorothy.
—Hemos tomado una decisión.
—¿Ah sí? —responde el Mago de Oz que empieza a de cipotear a Dorothy de nuevo con su rabo medio duro y soltar bofetadas al culo de la muchacha. No se ve harto a follar—. Y cómo esto no es un menú a la carta, decidiros por una sola cosa para todos: cerebro, valor o corazón. Estoy hasta los huevos de todos vosotros.
—Queremos una polla descomunal de caballo para cada uno —afirman todos al unísono y con el dedo índice en alto como tres pares de gilipollas—. Cuando se tiene un buen rabo a uno le sobra todo.
—Concedido y cómo habéis elegido sabiamente y no me habéis hecho perder el tiempo con eternas indecisiones no solo disfrutaréis de un pollón colosal y, además, os permitiré regresar a Kansas a vuestros cuerpos originales, en uno de mis globos que dan un miedo de la hostia solo con mirarlos. Por supuesto, hace años que no pasan ni un sola inspección técnica decente.
Los tres comparsas se ríen, se miran entre ellos, se ríen de nuevo y vuelven a mirarse. Solo les falta señalarse unos a otros como el meme de Spiderman. No tenían ni zorra idea de que no pertenecían a este maravilloso mundo y que estaban ocupando un cuerpo prestado.
Y bajo esta aura de incertidumbre, ninguno de ellos se percata del fatal infarto que acompaña el licencioso mago con su última corrida -esta vez bastante generosa- en vida.
Desplomado como un guiñol sin mano porculera encima de la señorita Gale, el arrugado nardo del ilusionista oriundo de Omaha se escurre del insatisfecho conejo de Dorothy tras su último servicio prestado como una pastilla de jabón entre las manos.
—¡Pues vaya mierda de polvo! —refunfuña la joven que se ha quedado a dos velas—. Me pregunto si sabréis dar buen uso a esos espléndidos pollones recién adquiridos o si sois unos mierdas secas como el amigo aquí a los pies de mis zapaticos rojos.
Antes de que pudiera la pobre e inocente Dorothy decir palabra alguna más, ya tiene el rabo del Hombre de Hojalata metida hasta el fondo de la garganta chirriando y llenándola de aceite y semen.
Por su parte, el Espantapájaros, ya en poder de su anhelado pollón, encaja perfectamente su grueso miembro dentro del caliente coño de la joven Dorothy. Pero el pobre a mil revoluciones y poco habituado al uso de tan espléndida herramienta se corre nada más meterla en caliente.
¿Y en León? Envalentonado y con la autoestima renovada se encarama encima de la muchacha, y entre rugido y rugido ruge devasta e inunda de esperma el estrecho ojete de la kansiana a pollazo limpio.
—¡Como en casa no se folla en ningún lugar, pero tampoco se está mal aquí del todo! —balbucea Dorothy mirando pícaramente a la excitada Bruja Buena del Sur abierta de piernas frente a ella haciéndose un dedo.
Epílogo.
Glinda está contenta, muy contenta.
Despide con la mano al globo que se pierde en el horizonte rumbo a Kansas, con Dorothy, el puto chucho y sus tres nuevos amigos a bordo.
Su plan maestro no solo ha salido a pedir de boca sino además como nueva y legítima regente de Oz se van a acabar las tonterías aquí.
No solo restaurará el derecho de pernada de inmediato y abrasará de impuestos a los habitantes si no, que además renombrará la Ciudad Esmeralda a Glindapólis y el país pasará a llamarse Glindor. Así, con dos cojones y un palo, mágico eso sí.
Sin peligro alguno de derrocamiento inmediato. Solo queda en la línea de sucesión la atontada Bruja del Norte y Dorothy, su propia e ilegítima hija, desconocedora de su parentesco.
Pero a ese putón verbenero la tiene bien controlada de momento en la lejana, espantosa y plomiza Kansas hinchándose a follar con los peones transmutados de regreso; el amigo de las felaciones Hickory aka el Hombre de Hojalata, el follaculos de Zeke aka el León y el lameconejos de Hunk aka el Espantapájaros.
Nadie osará tocarle el coño a Glinda ahora que el mago de Oz había fallecido ante todo el populacho víctima de su desbordada lujuria y en acto de servicio.
Como tampoco nadie sospecharía jamás de la Bruja Buena del Sur, la única al tanto de los severos problemas cardíacos del mago por la ingesta continuada y masiva de viagra durante decenas de años.
¿Y qué pintaban los zapaticos rojos en todo esto? Pues no mucho. Ni valían para regresar dando tres taconazos a Kansas y eran más bien feúchos. Eran pues simplemente una nota de color.
Pero ahora toca disfrutar de su incipiente reinado, hincharse a comprarse vestiditos, hartarse a pollas y comerse algún que otro coñito.
No, si al final, Dorothy sí que va a parecerse a ella más de lo que se imaginaba.
¿Quién se lo iba a decir?
FIN.
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