Cuentos licenciosos - El mago de Oz (Primera parte de dos)
CONTENIDO ADULTO - PARA MAYORES DE 18 AÑOS
Muy lejos de Kansas.
Yip, yip,yip.
El incesante y ciertamente ridículo ladrar trae de vuelta a Dorothy al mundo de los conscientes.
—¿Qué ha pasado? —intenta recordar la morena muchacha al tiempo que abre los ojos y aún mareada se inclina contra los restos del cabecero de su cama—. ¿Dónde están mi tanguita?
Ajeno a las cavilaciones de su dueña, Pototo no deja de ladrar y mirar por la ventana de la casa. Ventana ahora vencida y a ras del suelo. En realidad, toda la habitación parece descoyuntada. Cuadros en el suelo, armarios abiertos y volcados, cajones desparramados con su ropa -la normal y la otra más sexy para ocasiones especiales-, su dildo favorito Big Putain rodando por el entarimado de madera, unas gastadas bolas chinas... Todo hecho un cristo. Bueno, no tanto, parece el estado normal de su habitación.
Yip, yip, yip.
—¡Basta ya Pototo, tampoco ha sido para tanto, joder! —tranquiliza la muchacha a su mascota que no deja de saltar en el mismo sitio como si fuera un cohete encadenado.
» Ya, ya lo sé que ha estado feo que Hickory se limpiara la polla contigo tras correrse entre mis tetas, pero mírame a mí. Apenas puedo andar. Tengo el culo al rojo vivo. Ni que hubiera estado comiendo en Casa Mariachi durante una semana. Menudo polla gasta Zeke. Pensaba que me partía en dos.
Con la típica mirada cabreada de los perros pequeños que compensan la falta de tamaño y corpulencia con muy mal talante, Pototo le responde entre gruñidos "Mira por la ventana, pedazo de puta".
—¿Desde cuánto puedes hablar, mierdecilla? —exclama sorprendida Dorothy—. Tanto yip, yip,yip. A ver qué cojones te intranquiliza tanto.
La muchacha se pone de nuevo a cuatro patas para ver por la ventana. De inmediato esa postura le trajo infinidad de buenos recuerdos.
Menudo homenaje se pegó Dorothy ¿ayer? ¿hace un hora? a costa de Zeke, Hunk y Hickory, los peones de la granja de su tía Emm.
Hasta el mismísimo coño estaba de que la casquivana de su tía fuera la única que se estuviera beneficiando de los tres fornidos muchachos. Así que empezó a joder con ellos también bajo amenaza de echarlos de la granja si no accedían a sus demandas y se iban del pico. Obviamente nadie puso pega alguna y antes de que pudiera terminar la frase la inocente de Dorothy ya tenía una polla metida hasta los huevos en la boca.
Todo fue estupendamente durante un tiempo, pero pronto se cansó de buscarse las vueltas para que ninguno sospechara de los otros. Tontos del todo no eran.
¿Y que había del tío Henry? Pues agilipollado como estaba, siempre cansadísimo por la dura vida en la granja Gale, tampoco se enteraba de nada.
Así que ni corta ni perezosa decidió reunir a los muchachos y follárselos todos al mismo tiempo. Hay que optimizar el tiempo. Les volvió a amenazar con ponerles de patitas en la calle sin paro o mandarles limpiar las porquerizas día y noche si se hacían los remilgados y no la atendían como se merecía. Nadie dijo nada. Todos aportaron su ración de leche.
Mientras le chupaba el vigoroso rabo a Hickory, Zeke le demolía el estrecho ojete del culo con su nudosa polla de león y Hunk no se veía harto a lamerle su pizpireta preciosa caja de caudales. Ahí nadie se acordaba de la vieja tía Emm, y menos aún alguno de ellos prestaba atención a la incipiente tormenta que sacudía la casa hasta los cimientos.
—¡Joder! Esto desde luego no es Kansas —balbucea Dorothy, boquiabierta tras asomarse a la ventana y apartar de un manotazo al coñazo de Pototo que sale disparado dos metros y se termina estrellando contra una estantería al grito ahogado de ¡putaaaaaaaaaaaa!
La bruja espachurrada.
Con mucho más miedo que vergüenza —porque de lo último anda bastante cortita—, Dorothy despunta tímidamente la cabeza por el destrozado marco de la ventana.
Desde luego, aquello no tenía nada que ver con la gris y monótona Kansas. Ante sus ojos se extiende un lugar extraño y deslumbrante, rebosante de colores vivos, flores gigantescas y senderos brillantes.
A pocos metros de la casa, pequeños aldeanos de mejillas sonrosadas y ojos brillantes, vestidos con chaquetas satinadas, pantalones bombachos y zapatos con puntas curvadas la vitorean como si su equipo de fútbol acabase de subir a primera división. Unos seres ridículos y que dan un repeluco del copón.
—¿Dónde cojones estoy? —se pregunta poco antes de descubrir que la casa ha aterrizado y aplastado una señora, con escaso gusto a la hora de vestir, cuyos pies asoman inmóviles bajo la vivienda, calzados con unos brillantes zapatos de color sangre.
—¡Mi querida amiga Nessarose! —vocifera Glinda, la bruja Buena del Sur, desde las alturas montada en su escoba —. ¡Espachurrada como un sapo al sol! ¡Cómo se entere su hermana Elphaba, la Bruja Mala -sí, mala, malísima, peor que un dolor- del Oeste os vais a cagar!
Dorothy se detiene en seco y regresa silbando al interior de la casa. Normal que no quiera salir con aquella tía insoportable berreando a pleno pulmón. Vestida de azul cobalto, con una corona ridículamente grande, el pelo al viento y dando vueltas con la escoba como una ama de casa puesta hasta arriba de anfetaminas en un anuncio de Vileda.
—Es broma, muchacha, puedes salir sin miedo, la Bruja del Este no era amiga mía —ríe a mandíbula batiente la lozana bruja rubia al descabalgar su palo volador y ofrecerle su cetro como apoyo para poder salir del ventanuco—. La odiaba a muerte. Era una tacaña, una guarra y una chupapollas de las malas.
—Que susto me has pegado, joder —responde Dorothy asomando la cabeza como un perrito de las praderas y saliendo por la ventana. Al hacerlo, la faldita se le queda enganchada a un saliente del marco y le muestra el bollo a todos los presentes. A la que no llevas bragas, todas le hacen llagas.
Siete munchkins, que parecen el nombre de unas galletas del Mercadona, mueren en el acto de una ataque al corazón, otros doce se bajan los pantalones y se la empiezan a menear delante de Dorothy y dos de ellos se enzarzan a garrotazos culpándose uno al otro por no haber podido ver nada.
Divertida del efecto que provoca en los munchkins, Dorothy se toma todo el tiempo del mundo para ponerse en pie, sacudirse el polvo de la ropa y agacharse (esta vez mostrando las contundes formas de su amelocotonado trasero) para quitarle los tacones carmesís a la fallecida Bruja de los que se había encaprichado. El muerto al hoyo, el vivo al bollo y los zapaticos para la servidora.
Nada más ponerse los zapatos y confirmar entre risitas cómplices con la Bruja del Sur que le quedan bien de cojones y un millón de veces mejor que a la desmigada de Nessarose un voz nasal, cargada de malicia y áspera como el oxidado rechinar de la puerta de un castillo brama desde el cielo encapotado.
—¿Quién osa burlarse así de mi preciosa hermana? —ruge la olivácea Elphaba en el centro y al frente de una manada de monos voladores de inmensos y cerúleos penes colgantes.
La bruja, al contrario de Glinda, no tiene escoba alguna y se agarra a dos largos y nudosos cipotes de sus lacayos alados como si estuviera sentada en un columpio de madera suspendido por cuerdas.
—Mirad a mi pobre hermana, reventada bajo los restos de un chamizo de madera. Y ¿dónde están sus zapatos mágicos de rubíes que tan bien me conjuntan con mi ígnea cabellera y pezones carmesís?
—Retírate Elphaba de estas tierras, no eres bienvenida —intercede Glinda dando vueltas como una gilipollas y sin dejar de agitar su cetro—. La muchacha ya viste los zapatos mágicos y, por lo tanto, no puedes hacerla daño alguno. Lárgate con tus monos cipotones a tomar por culo de aquí. ¡Ya estás tardando!
Elphaba, contrariada, antes de desaparecer, le responde que vengará la muerte de su hermana, el robo de los zapatos, la muerte del torero Manolete, los cero puntos de Remedios Amaya en el Festival de Eurovisión de 1983, las ligas robadas al Real Madrid por el caso Negreira, el cierre del Estrecho de Ormuz y que se anden con cuidado, con mucho cuidado.
—Muchacha, debes pedir urgentemente audiencia al Mago de Oz en la Ciudad Esmeralda. Es el único que puede llevarte de regreso a Kansas. Para encontrarle sigue el Camino Amarillo —le espeta la Bruja Buena zarandeando a Dorothy como a un muñeco.
—¿Cómo sabes cómo me llamo y de dónde vengo? Y ¿por qué cojones no me llevas tú en tu escobajo a la Ciudad Esmeralda?
—Calla, joder, que, si fuera así de fácil, nos quedábamos sin cuento a las primeras de cambio —le recrimina Glinda con el ceño fruncido—. Ahora ponte en marcha sin dilación que yo debo atender de inmediato a doce munchkins a los que acaba de asaltar una extraña enfermedad que solo yo puedo calmar.
El espantapájaros descerebrado.
—¡Coño, el Jeepers Creepers! —vocifera Pototo haciéndose pis del susto al ver una figura atada a un poste en medio de un campo de maíz.
La figura anclada es, en realidad, un espantapájaros alto y desgarbado, con ropa vieja rellena de paja que le asoma por mangas y costuras. De sonrisa torcida y de movimientos torpes y limitados por sus amarres les chista a la pareja a acercarse.
—Querido amigo ¿Qué haces aquí en medio y comido por los pájaros? —pregunta Dorothy que bien podía haberse ahorrado una pregunta tan obvia.
—Heme aquí, descerebrado y atado a un poste por mi mala cabeza con las mujeres, el juego, la bebida, el reggaeton, (estimado lector, inserta aquí diez minutos eternos de malas decisiones y desafortunados eventos del personaje) y con la ingrata y única labor de espantar a los cuervos, grajos, mirlos, urracas...
—Decidme, buen Espantapájaros, ¿qué haría falta para que acompañarais a esta inocente muchacha y a su perrito hasta la Ciudad Esmeralda? Un caballero que nos espantara a los monos voladores nos vendría de peluches.
—Nada me gustaría más que ayudarte a dar con él, querida niña. Yo también tengo asuntos pendientes con el Mago de Oz —exclama compungido el espantapájaros soltando paja cada vez que habla por su boca mal zurcida.
» Una de las cosas que más deseo de esta puta vida que me ha tocado vivir -y en la que llevo sufriendo desde la cuna- es un cerebro que evite meterme en más embrollos. ¿Qué te parece si me desatas de este vil poste? Vas muy lozana por estos andurriales y yo llevo aquí mucho tiempo aquí colgado más seco que el ojo de la Inés. Siempre pensando, pensado, pensado en mis múltiples apetencias. ¿Y si me enseñas, no sé, así para empezar, tu coñito como muestra de buena voluntad? Eso estaría muy bien.
—¡Oh! Vaya, así andamos. Un trato ciertamente a valorar. ¿Y qué tal si me follas mejor? A ningún hombre le hace falta cerebro para pegarme un buen repaso —responde Dorothy desmaniatando al espantapájaros. Al hacerlo le restriega a conciencia las sudorosas pechugas por el rostro—. ¿Tiene este hombre de paja una polla?
—Mira, pues no, pero ya me valgo yo con unas mazorcas bien gordas de por aquí para darte lo tuyo, niña insolente —responde indignado el espantajo sacudiéndose las mangas—. Y si no te quedaras bien servida, te voy a pegar un repaso con mi lengua de esparto que se te van a caer hasta los dientes y salir los niños peinados. ¡No me conocen como el Comecoños de Oz de casualidad!
Sin dar opción a más palabrería, Dorothy se reclina sobre una bala de paja y se levanta la falda pinzando dos dedos. Por supuesto sigue sin llevar bragas. Ni las buscó entre los restos de su maltrecha casa revientabrujas y así -qué cojones- también se va más fresquita.
Acto seguido, empuja el rostro del espantapájaros y lo restriega contra los gordos y rosados labios íntimos de su depilado sexo.
—¡A chupar almeja, comecoños! —demanda la muchacha—. Más vale que te esmeres o te ato por el culo de vuelta a poste y te pego fuego después.
El pobre espantapájaros asustado por la enérgicas demandas de la muchacha y por la cercanía a terminar como Juana de Arco, empieza a chupar como si le fuera la vida en ello (no andaba desencaminado del todo).
Acompaña el hombre de paja los latigazos inmisericordes con su astuta lengua de trapo a la excitada vulva con experimentadas, largas y sentidas lamidas de arriba a abajo, de derecha a izquierda y cambios de orientación.
Al constatar con horror que la oriunda de Kansas no se corre ni a la de tres, complementa el espantapájaros su labor con pequeños mordiscos coronados con largas succiones a la inflamada pepitilla asistidos a su vez con implacables penetraciones de la mazorca más grande (veinte centímetros de nada) que pudo encontrar -afortunadamente- en el campo de maíz.
Cuando finalmente orgasma Dorothy, inundando el rostro del espantapájaros del dulce néctar salado de mujer satisfecha al grito de "¡Hijoputa!", no solo la muchacha se queda dormida al instante, sino que, además, le salva la vida sin querer al espantajo, que había empezado a arder debido a la constante fricción.
¿Y qué hay de Pototo? Pues follándose la cesta de la señorita Gale con los ojos desorbitados y la lengua dilatada casi quince centímetros. No hay cesta que se resista a mi sex appeal y al sexto hijo más tonto de la camada de Mamá Pototo, se dice. Una vez descargado, se echa a mimir.
Tras un sueño reparador, el trio se vuelve a poner en marcha. Queda mucha jornada por delante. El cielo encapotada avisa de próximas lluvias.
A las pocas horas de caminata, llegan a un bosque dispuestos a hacer un descanso.
El lastimero grito de auxilio de un hombre plateado, inmóvil bajo el sol, con el cuerpo metálico abollado y rígido, apoyado contra un árbol empuñando un hacha, llama su atención.
—Noble señor. ¿Cuáles son los motivos de su desdicha? —pregunta Dorothy depositando su cesta en el suelo con Pototo dormidito como un bebé dentro.
—Soy un pobre y estúpido Hombre de Hojalata que olvido engrasarse las articulaciones en un día de lluvia —responde el leñador tapándose el rostro con un quejumbroso crujido metálico—. Como si no fuera suficiente no tener corazón ahora lo completo con ser un zoquete descuidado. Más inútil que una plancha en la playa.
—No se alarme. Nosotros le ayudaremos a ponerte en pie —afirma el Espantapájaros levantando un dedo torcido—. Vamos de camino a ver al Mago de Oz. Le voy a pedir un cerebro. ¡Usted podría pedirle un corazón!
—De buen grado me uniría a vosotros si pudiera, pero apenas me puedo mover —se lamenta el leñador metálico con gesto afligido—. Os podría ser de ayuda con mi hacha cortacabezas y mutilamiembros.
—¿Ah sí? ¿Nos acompañarás a la Ciudad Esmeralda y nos defenderías con tu arma de los peligros y de la Bruja Mala del Oeste? —afirma Dorothy pasando a tutear al pobre leñador.
—Por supuesto, mi niña. Tienes mi palabra. Pero antes tienes que ponerme a punto. Seguro que tu papá tenía un coche de los antiguos que se arrancaban girando la manivela del motor —inquiere el Hombre de Hojalata—. Es muy fácil, mira la tengo aquí mismo entre las piernas. Es hermosa, ¿verdad?
—¿Se refiere a la manivela que parece una desproporcionada polla de acero?
—Métetela en la boquita, mi niñita buena. Ayuda al pobre Nick. Por mucho que unas manos hábiles puedan ayudar, la experiencia me dice que una boca es mil veces más efectiva. No querrás que nos sorprenda la noche en el bosque ¿verdad? —exclama el hombre de hojalata con los ojos ya desorbitados y sin aparentar ya tanta rigidez en sus movimientos.
Dorothy se recoge el pelo, se inclina y tras escupir sobre el férreo miembro del leñador empieza a lamerlo con pericia. El cipote-manivela es inmenso, muy marcado de venas y con un glande que no ha parado de rezumar un líquido aceitoso con sabor a caramelo Werther's Original.
—Eso es, niña bonita —susurra el Hombre de Hojalata con los ojos en blanco y apresando la nuca de Dorothy—, una dosis diaria de hierro es muy importante para no caer enferma. Muy importante.
» Sigue chupando. Así. Hazle una buena puesta a punto a tu amigo Nick Chopper. No pares de chupar, puta. Así, mejor. Mucho mejor. ¡Me corroooooooooo, joder! —grita el ser metálico empujando con todas sus fuerzas la cabeza de Dorothy hacía su miembro al tanto que sus ojos se desplazan como las carriles con las diferentes frutas de una máquina tragaperras. Varios tornillos y bielas salen disparados entre volutas de humo de su cuerpo y el cigüeñal del Hombre de Hojalata se jode del todo.
La explosión de aceite-esperma caramelizado en la boca de la muchacha es una salvajada. Caliente como la tetera de una sorda, la eyaculación rítmica e interminable del Hombre de Hojalata inunda la garganta de Dorothy como un rio desbordado. Dorothy calla y acata lo que su Santa Madre le tenía enseñada. Lo que entra en la boca, se traga.
Alarmado por el grito parecido al silbido de una cafetera del Hombre de Hojalata, un alterado Pototo empieza a ladrar y llamarle de todo menos bonito.
—¡Cabrón, joputa! ¡Deja a mi dueña! —bufa al Leñador dando vueltas alrededor suya—. ¡Me cagüen en tu puta sombra, RaboCop de saldo, mierda pinchada en un palo!
El Hombre de Hojalata ajeno a las ridículas amenazas de un perrito de apenas treinta centímetros de altura le fulmina con la mirada y le señala con el mentón el hacha apoyado contra el árbol.
Pototo dar por su finalizado su lamentable show y se mete en la cesta como alma que lleva el diablo. Se ha vuelto a cagar de miedo. De nuevo ha hecho un PACO* en toda regla.
Al amparo de la seguridad del interior de la cesta vuelve a ladrar al Hombre de Hojalata y llamarle hijoputaaaaaaaaaaaaaaaa.
—¿Nos movemos o qué? Todavía queda un huevo hasta la Ciudad Esmeralda —dice el espantapájaros, llevándose la mano a la frente para protegerse del sol mientras escruta el horizonte.
Todos asienten y echan a andar, cantando y enlazados del brazo, siguiendo el camino de baldosas amarillas.
*Pototo Always Chicken Out (Pototo siempre se acobarda).
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