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Autoridad competente (Perlas de pasión #6)

EXCLUSIVO PARA MAYORES DE 18 AÑOS



Juanjo tiene una buena vida.

Es joven, atractivo, está muy enamorado de su guapa novia de hace más de diez años, Carlota y están a punto de ascenderle en la empresa de su futuro suegro.

Mañana se casa al fin con ella en un pueblo de Ávila y ahí conocerá al resto de su nueva familia.

Para ir con tiempo, ha decidido ir en coche un día antes desde Madrid, por unos caminos regionales para disfrutar del paisaje, hospedarse en algún hotelillo rural y estar a primera hora en el pueblo.

El maletero cargado con su ropa de novio y las ilusiones del comienzo de una nueva vida.

Era todo perfecto.

Hasta hace diez minutos.

Yendo por un pedregoso camino rural, un coche de policía le ha hecho indicaciones para que se detuviera en el inexistente arcén.

A Juanjo, estas cosas siempre le han puesto muy nervioso. Siempre teme que le falte algún documento, ni haya pasado alguna revisión en fecha o no tenga la puta baliza V16, que ilumina menos que las luces del castillo de Drácula.

—¿Dónde va usted con tanta prisa? ¿Sabe la razón por la que le he parado? —le pregunta la atractiva policía acercándose a su puerta del coche.

Juanjo empieza a sudar. Tiene sentimientos encontrados. Por un lado, cualquier tipo de autoridad le pone muy nervioso, pero por otro lado, le excita muchísimo. De hecho, una de sus fantasías cuando se case con Carlota, es hacer un juego de rol en la que él sea un delincuente detenido por la Benemérita.

—Bájese del coche.

—¿Pe-pero qué he-hecho m-mal...? —intenta articular Juanjo mientras desciende del coche.

—¡Cállese, coño! ¡Aquí las preguntas las hago yo! —responde la policía mientras le empuja contra un lateral del automóvil y empieza a cachearle.

Juanjo calla y obedece. Mientras le cachean, observa a la mujer policía por el retrovisor.

Es, ciertamente, una mujer espectacular. Fibrosa, atlética, de cabello oscuro y todo bien puesto. Destaca un culo redondeado que pide a gritos ser azotado a todas horas.

Se está poniendo malísimo. 

—Esto, ¿Qué cojones es? 

La policía acaba de detenerse en su emergente paquete. Lo palpa varias veces para asegurarse de que efectivamente está creciendo con cada repaso que le hace con sus manos enguantadas.

—Yo... yo no sé. Es-estoy un poco nervioso y quizás, por eso, pudiera ser que...

—Dese la vuelta, asqueroso delincuente. Va usted todo cargado con un arma completamente ilegal por esta carretera. ¿Acaso le pone que le detengan? ¡Seguro que sí, joder! ¡Y con un faro roto! —grita la mujer mientras con la porra le revienta el faro delantero.

Juanjo se gira y, por primera vez, puede observar a la agente de la autoridad de cerca. Es guapísima. Sus pechos aprisionados en su oscuro chaleco deben ser de categoría, su rostro perfecto, su cabello recogido en una graciosa coleta.
 
—¡Usted se viene ahora mismo al cuartelillo conmigo! Aunque, hoy me siento espléndida, más de lo habitual. Podemos llegar a un acuerdo. ¡Y evitar que un caramelito como usted pase la noche rodeado de carteristas, estafadores y demás gente del mal vivir!

—¡Imposible! Mañana a primera hora me caso y necesito estar en ahí como sea... Se lo suplico.

—Ya, ya, la vieja excusa de siempre. Blah, blah— gesticulo la agente con la mano. —¡Aquí yo solo veo dos opciones! ¡O pasa la noche en la trena o me come ahora mismo  el coño!

Juanjo no tuvo tiempo ni de pensárselo. La policía abrió la puerta de su coche, se tumbó, se bajó los ajustados pantalones azules y abrió las torneadas piernas. Completó todo este ejercicio golpeándole con la porra tras la nuca para que se inclinara sobre su perfumado coño.

El pobre muchacho, aunque insistió que era un novio fiel y leal -de nada le sirvió ante los golpes de la porra- apartó el tanguita con los dedos, recibiendo un chorro de sofocante calor.
Era como si hubiera abierto la puerta de un horno industrial.

—¡Más vale que te esmeres! ¡Rata viciosa! —demandó la policía arqueando la espalda y pasando a tutear al sufrido muchacho.

Juanjo, un tipo fiel que jamás había engañado a sus parejas, se intentaba auto justificar convenciéndose que estaba siendo obligado por la autoridad superior, pero sin poder evitar bajarse los shorts y empezar a masturbarse con una mano, mientras su lengua recorría los gordos íntimos labios de la agente.

La autoridad de siempre le había puesto muy cachondo.

Su lengua con maestría tocaba su pepitilla, los extremos de los labios, succionaba ahí y allá, haciendo que la policía se retorciera de placer.

Tras unos minutos, Juanjo recibió el orgasmo de la mujer, mojándole todo el rostro como si se hubiera metido bajo un grifo.

Él también estaba a punto de correrse, pero la policía al verlo se levantó y le golpeó con la porra el miembro que se balanceó de un lado a otro como un aspersor.

—¿Pero qué haces so asqueroso? ¿Te vas a atreverte a correrte? Y para eso querrás que te la chupe, ¿verdad? ¿Correrte en esta boquita, so cerdo? ¡Yo no le chupo la polla a nadie! ¡Es muy asqueroso! ¡Métemela, si puedes, un poco en el coño y ya está! —demandó la mujer.

Se inclinó sobre el capó y separó un poco las piernas.

—¿Me pongo un preservativo, Sra. agente? —preguntó con voz débil.

—¡Métemela de una puta vez y procura no correrte dentro, si no, acabas en el cuartelillo al final!

Juanjo, sin rechistar, se penetró lentamente, quedando instantáneamente atrapado en su húmedo interior. Con ambas manos le asió los cachetes del culo y empezó a entrar y salir de ella como un martillo pilón.

Era delicioso, estrecho, ardiente. Él apenas podía evitar eyacular en cada embestida. Lo único que lo evitaba era pensar en su amoroso novia y justificándose que si conseguía no correrse no eran cuernos después de todo.

Tras diez minutos, ya no podía más. Ella había vuelto a mojarle, en otro escandaloso orgasmo, todas las piernas y él estaba a punto. Le suplicó poder sacarla y dejar de sufrir.

La agente, en un acto de piedad, se separó de él y se puso de pie. Le agarró la palpitante polla, y tras cuatro restregones, hizo que eyaculara abundantemente sobre el capó. La policía no pudo evitar abrir los ojos exageradamente viendo tal despliegue de blanca hombría.

—¡Jodeeeeeeeer, me corro como un león! —acertó a gritar Juanjo en tanto la vida se le escapaba a ráfagas por el cipote.

Si alguien hubiera oído el chillido de Juanjo al correrse por fin, bien hubiera pensado que estaban rodando cerca la enésima versión de Tarzán.

La agente, rebañó con un dedo la leche del capó, la saboreó y ronroneó satisfecha.

Se terminó de quitar las braguitas, colgadas de un pie, y se las metió en la boca al muchacho.

—Te pondré una pequeña multa, te quito dos puntos, y aquí paz y luego gloria. ¡Ahora vuelve con la cornuda de tu novia, jajaja! —exclamó mientras se metía en el coche patrulla quemaba ruedas dejando a Juanjo con los pantalones bajados, la polla semi erecta y goteando sobre el camino de arena.

Al día siguiente...

Mientras Juanjo esperaba nerviosos a su novia Carlota que llegara a la iglesia, sus futuros cuñados le fueron presentando al resto de la extensa familia.

—Y esta es Esther, la hermana, de Carlota —le presentó Antonio.

Esther se quedó lívida al reconocer a Juanjo. Era la mujer policía del día anterior. Tras una pequeña charla insustancial, Juanjo la abordó cuando se fumaba un piti alejada de la familia.

—Hola Esther. ¡Viendo los recientes acontecimientos, y para que no me vaya del pico, yo solo veo dos opciones! ¡O largo todo o me comes ahora mismo el rabo!

Esther se rio aliviada, tiró lo que quedaba del piti lejos, le cogió de la cintura para llevárselo tras unos árboles mientras se recogía el cabello en una coleta.

—Menos mal, me estaba poniendo malísima. ¡Vamos a ser unos cuñados fabulosos! —afirmó Esther mientras, con una divertida expresión en su rostro, le sacaba la gorda polla del pantalón. 

Y mientras Carlota, su querida hermana menor, llegaba y buscaba con la mirada a su futuro esposo, éste se corría en la boca de Esther agarrándole la cabeza con ambas manos y dando otro grito tarzanesco.

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¡La canción del relato!

Roxette - Sleeping in my car.

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