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La cinta de correr (Perlas de Pasión #8)

  EXCLUSIVO PARA MAYORES DE 18 AÑOS


—Buenos días. Soy Alejandra. Venía a por lo del anuncio de Ballarock —dice la muchacha estrechando su mano—. ¿La cinta de correr? Sigue en venta, ¿verdad?

—¡Ah, sí! Claro —responde Ramón, que ni se acordaba de haber puesto el anuncio ni mucho menos de haberle puesto precio a la puta cinta de correr. Vamos, que no tiene ni zorra idea. Lo que sí tiene es una erección mañanera del quince asomando entre los pliegues de su bata de floripondios.

Alejandra viste un traje de chaqueta y pantalón fucsia intenso y un top blanco de escote pronunciado. Su piel es clara, en contraste con sus carnosos labios carmesíes. Sus grandes gafas de montura negra, con forma ligeramente felina, resaltan sus grandes ojos verdes.

—Mi novio ha aparcado delante de tu casa. No pasa nada, ¿verdad? —afirma más que pregunta Alejandra, jugando con un díscolo mechón de pelo rubio—. ¿Recibes siempre a la gente en bata?

—¿Eh? ¡No! Por favor, pasa, pasa. Disculpa el desorden. Ayer se me hizo algo tarde. Soy un desastre de proporciones bíblicas.

—¿Es muy grande?

—¿El qué? —susurra Ramón, avergonzado y escondiendo el miembro con disimulo con las manos. ¿Se habrá dado cuenta Alejandra? ¿y si lo ha visto el novio desde el coche? A ver si todavía termina hinchado a hostias un domingo por la mañana. ¡Qué bochorno!

—La cinta de correr. Supongo que habrá que desmontarla. Mi novio ya se lo temía. El gilipollas lleva desmontando medio maletero desde que aparcamos.

» ¿Puedo verla antes? Me gusta comprobar las cosas antes de disfrutarlas. Si es muy aparatosa, quizá no me encaje, aunque al final siempre me las ingenio para meterla como sea, aunque sea a capón. Con saliva y paciencia, hasta un elefante se la mete a una hormiga.

—Sí, sí, por supuesto. La tengo bien armada... la andadora, digo. Está en mi dormitorio, arriba. Ya sabes, la empiezas comprando con mucha ilusión, pensando que te vas a hinchar a correr, y al final termina de perchero improvisado —replica el muchacho, sin evitar poder desviar la mirada de las tetas gordas y prietas de Alejandra.

—¡Perfecto! ¿Es por aquí? —sonríe Alejandra mientras sube decidida por las escaleras. Con cada paso, su corta falda descubre sus largas piernas y unas minúsculas braguitas color muy putón a juego con su vestido—. El imbécil de mi novio, Federico, dice que me estoy poniendo como una foca de gorda y que necesito moverme y sudar más, ¿te lo puedes creer? Eso sí para hacerle su mamada mañanera no estoy fuera de forma.

—La gente es la polla.

—¿Cómo dices?

—Nada, nada, ¿quieres probar la andadora?

—Sí —responde Alejandra. Se quita los tacones y se los entrega al atónito Ramón como si fueran el premio gordo de la feria del condado. Acto seguido, se quita la chaqueta, se arremolina el cinturón ancho que le ha usurpado el nombre a la falda por encima de la cintura y se queda en paños menores. De siempre se ha sabido que correr con falda es un coñazo, ¿no? Sus labios íntimos marcados a fuego como si fueran queso fundido en un sándwich a mil grados no dejan nada a la imaginación—. No te importa, ¿verdad?


Después de cinco minutos trotando alegremente con sus ubres haciendo esfuerzos mayúsculos para no salir a tomar el sol, una sudorosa Alejandra se seca el cuello con lo que ella cree que es un trapo -en realidad es un calzoncillo- y da por finalizada la tortura del pobre Ramón y de su amigo erecto. —¿Cuánto pides por ella? ¿Cincuenta euros?

—Pues lo cierto es que había pensado en algo más... —replica el muchacho por decir algo. No sabe ni lo que comió ayer como para saber el precio que le puso al aparato devenido en perchero.

—Ya veo, pero parece que tu amiguito entre las piernas tiene otro trato en mente —argumenta divertida Alejandra, mientras señala el grueso cipote de Ramón, que no ha dejado de asomarse entre los pliegues de su bata como un curioso perrito de las praderas. Tiene hasta la lengua fuera el animalico.

—¡Joder! Perdona.

—Mira, tío, te he estado tirando la caña desde que entré en tu casa y no te has enterado. Yo no pienso pagarte ni un puto duro por esta mierda de caminadora, ¿ok? —responde Alejandra, mientras mira por la ventana para asegurarse de que su novio sigue erre que erre liado con el coche sin dar con soluciones aparentes. Le queda para rato. ¿Acaba de desmontar un asiento? ¿Y tiene el capó abierto?

» Te propongo un trato, tú desmontas la cinta, me la regalas y la llevas al coche -si es que queda algo de él en un rato- y yo, a cambio, te hago una mamada y te corres en esa papelera— negocia Alejandra, volviendo a cerrar las cortinas color amarillo mosca, antaño blancas cuando reinaba el rey Bartolo, el tres huevos.

—Nada de la papelera, me corro en tus tetas o en tu puta cara —renegocia Ramón alias Hugh Hefner de saldo, más ágil que un funcionario al fichar el día antes de vacaciones—. Las putigafas te las dejas puestas. Esto es innegociable, ¡es la oferta y la demanda, amiga!

Alejandra se encoge de hombros y acepta la contraoferta con un «vale» desganado.

Clava las rodillas en la moqueta, se hace una coleta improvisada con un bolígrafo horroroso, descorre la bata para el amigo y se ajusta la montura de las gafas sobre el puente de la nariz. El pollón de Federico, disparado como el muelle de una caja de sorpresas, casi le saca un ojo, con gafas y todo.

—¡Pues sí que la tienes gorda! —exclama Alex con sorpresa—. No sé si me entrará en la boca...

—Seguro que sí, amiga mía —responde Ramón, agarrando con una mano la coleta de la deportista y ayudándola a pasar el buen trago.

Pero, para su desesperación, tras varios minutos, Ramón aún no se ha corrido, ni en la papelera, ni en su cara ni en las tetas.

Eso, por supuesto, la sienta fatal. No hay tío en este universo que no se haya corrido con sus afamadas mamadas en cinco minutos. Y este, hijo de la gran puta, lleva casi quince minutos gimiendo como una silla de madera.

—¿Y a ti qué te pasa, joder? ¿Te vas a correr o no? —pregunta enfadada entre mamada y mamada.

—Sí, sí, pero es que tardo un poquito —replica Ramón—, pero podría hacerlo antes si toco un poco el pelo. Y no me refiero al de la cabeza.

Alejandra gira los ojos. Se le está haciendo tarde. Necesita acabar ya o el gilipollas de su novio empezará a impacientarse.

—Venga, me bajo las bragas y tocas un poquito el coño. Y te corres, ¿vale?

—Sí, sí, de acuerdo —responde Ramón con la lengua más descolgada que un albañil en una obra ilegal.  

Tras varios minutos, y tampoco cumplir su palabra, Ramón, aún con la bata puesta, tiene su pollón metido dentro del coño de Alejandra y el pulgar en su culo. Ella está a cuatro patas agarrando a las cortinas que amenazan descojonarse de los embistes que le mete el amigo.

—Mira tío, córrete ya por favor, que me tienes el conejo en carne viva —suplica la muchacha que está a punto de correrse. 

Ramón, ahora sí, obedece, el muy malandrín, y se corre, al fin, con furia. Alejandra, al sentir, el chorro caliente de la hombría en su interior acompaña el orgasmo con uno suyo totalmente inesperado.

Los dos se quedan unos instantes, sudorosos y temblando, disfrutando del acto.

Ramón saca su verga del interior; su leche borbotea del coño de Alejandra, pero sigue dura, así que se la vuelve a meter. Ella gime de placer. No se lo esperaba y le encanta.

Cinco minutos después, Ramón vuelve a descargar. Ahora en su cara. 

Un trato es un trato. Tres buenas y cargaditas ráfagas blancas embardunan su cara, mientras que se ve obligada a cerrar los ojos para que no la deje ciega este puto semental.  

*Expresión española que significa significa ligar, coquetear o intentar conquistar a alguien mediante indirectas o piropos. Es muy parecida a otras frases como «tirar los tejos» o «soltar los perros» en los países sudamericanos.


Algo más tarde.

—¿Por qué has tardado tanto, Alex? Seguro que el vendedor te ha querido regatear, ¡me los conozco a todos! ¡A mí no me la da ninguno de ellos! Ponen un precio y, si ven que viene una mujer, van de machitos.

—No te pongas así, mi cielo. No ha sido nada de eso. Me ha hecho un precio estupendo y hasta me ha llevado la andadora desmontada al coche. Un encanto de hombre. Hay que ponerle una buena reseña —responde Alejandra mientras se repasa los labios con ayuda del espejo del copiloto—. No te olvides de ingresarme los 300€ que le he pagado por la caminadora, ¿vale? Y no pongas esa cara, cielito, me lo prometiste.

—Sí, tienes razón, perdona, pero es que no me fío de ninguno. Son todos unos sinvergüenzas.

—Bueno, acelera, que aún tenemos que recoger la bicicleta estática y el juego de mancuernas en una hora en un pueblo de Ávila. ¿Cómo se llama el tío? Ah sí, Aurelio Ortiz, calle Bidasoa, 12, Los Olmos de San Juan.

Federico ingresa la dirección en el GPS y pisa el acelerador.

Le llena de orgullo que su novia se haya decidido ponerse en forma solo para él y que haya recorrido pacientemente todas las ofertas de Wallarock para ahorrarse un dinerito.

Seguro que ella, cómo a él, no les engaña ni el Tato. Pues no es él listo ni ná.

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¡La increíble banda sonora!

Julio Iglesias - Hey.


El booktraíler de la serie Perlas de pasión.


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Comentarios

  1. ¿Dónde hay que apuntarse para vender material deportivo? ¿Ballarock? :-) Pregunto por un amigo.

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